El apartamento

Son casi las dos de la mañana cuando nuestro héroe se dispone a abrir la puerta de su apartamento. Está borracho, algo mojado y sólo le apetece descansar. Sabe que no hay nadie dentro esperándolo y seguramente sea por eso que va borracho.

Viste una gabardina oscura en la que lleva un rato buscando las llaves. Como no las encuentra, pica en casa de su vecina de enfrente, que tiene una copia para días difíciles como este. Está cansado y sabe que no es debido al largo día en el despacho, sino más bien a un vacío inmenso dentro de su alma que lo lleva atormentando desde hace un tiempo ya. Su vecina, una chica encantadora, le entrega las llaves no sin antes preocuparse — «Echas mala cara, ¿estás bien?». Nuestro héroe, lejos de murmurar una sola palabra, asiente cabizbajo intentando disimular su profunda melancolía.

Él y su tristeza vuelven al apartamento, cuelgan la gabardina en el perchero del recibidor, se quitan los zapatos Oxford en mitad del pasillo y se desajustan ligeramente el nudo de la corbata. Ya en el pequeño salón, ponen la playlist de Chet Baker y se acuestan en el sofá Chesterfield burdeos dispuestos a olvidarse del mundo por unos instantes.

Nuestro héroe no vive en este mundo. Es un soñador porque la realidad le entristece. Aunque si os soy sincero, creo que todo le entristece últimamente. Se pasa las noches imaginando que es director de cine negro, compositor de jazz o pintor expresionista. Es impulsivo, sensible y, sobre todas las cosas, es orgulloso. Lo único que realmente le llena es su soledad. Había encontrado en ella un placer tan conciliador que en ocasiones había llegado a dudar si realmente necesitaba a los demás para sentirse a gusto. A veces tiene la sensación de no saber amar y se aburre muy rápido de las chicas con las que decide compartir su vacío existencial. Ah, y es una persona muy orgullosa, aunque eso ya os lo he dicho antes.

Su nueva adquisición es una mesa de centro de nogal macizo. Sobre dicha mesa sigue la botella de whisky que se había acabado hace ya algunas noches. Hay dos vasos Dorothy Thorpe, que no le convencen mucho estéticamente pero que se compró porque tienen el borde de plata y en algún libro leyó que eso le daba un sabor más sofisticado a la bebida. De esto último tampoco está muy convencido. No recuerda por qué hay dos vasos ya que no sabe si compartió la botella con alguien más o si simplemente puso otro vaso adicional para no sentirse tan solo en ese momento. Se siente derruido y ya hay pocas cosas que le den alegría. Las chicas que le hacen caso, al igual que sus vasos de whisky y al igual que su vida en general, no le acaban de convencer. Se pregunta a menudo «¿a quién quiero engañar?».

La tele lleva encendida varios días y están dando El apartamento de Billy Wilder. Debe ser la quinta vez que la ponen esta semana. De tanto verla, nuestro héroe piensa que, al igual que el protagonista de la película, él también se podría sacar un extra semanal alquilando su apartamento por las noches mientras bebe en su bar favorito. También es importante que os comente que es un enamorado de París y que, al lado de su abarrotada estantería esquinera, tiene un cuadro de lienzo con la Torre Eiffel como protagonista, que compró en su última visita a la ciudad hace unos meses. ¿Y qué más? Pues los fogones de su pequeña cocina llevan meses sin funcionar, pero le da bastante igual porque ya casi nunca pasa por casa para cenar, y menos para cocinar. Por lo que sabemos, sólo pasa por casa para beber y para dormir, y para eso no necesita fogones.

Sin embargo, tiene un enorme problema, una necesidad inmensa por sentirse especial. Piensa que quizá es por el miedo al ridículo, pero no sabe si al ridículo de vivir una vida vacía, al ridículo de arriesgarse por un sueño, y ser humillado en el intento, o al ridículo en general. Es un fiel devoto de la belleza y cree que sólo la puede alcanzar mediante autenticidad. Sabe que si realmente se ama algo con verdadera pasión, se puede encontrar la felicidad y olvidar el miedo. No obstante, se pasa los días contando las horas en su despacho mientras cumple sus obligaciones con creces, todo sea dicho, esperando la hora de poder largarse. Y como os digo, le corroe por dentro un afán desmedido por sentirse especial. Y ese anhelo de lo imposible es algo muy peligroso para alguien tan orgulloso como nuestro héroe, pero es lo único que le separa de atentar contra su vida.


— Ayer te dejaste el paraguas en mi casa.

Nuestro héroe se sorprende al escuchar una voz femenina en su apartamento y percatarse de que no está solo. Pero está tan cansado que no es capaz de mover su cuerpo ante la sorpresa. Así que decide vestir su cansancio de indiferencia.

— Ayer dijiste que estabas loco por mí y que querías dejar tu trabajo para escaparte conmigo de esta ciudad. Me dijiste todas esas cosas que me dices cuando vas borracho. Creo que esta vez me las he creído. No sé ni porque he venido la verdad… encima está lloviendo a cántaros y supongo que tú ya te habrás olvidado de todo lo que hablamos.

— ¿Cómo has entrado?

— Tú mismo me diste las llaves, ¿también te has olvidado de eso?

No dice nada y vuelve a mirar la botella de whisky, como si estuviese esperando a que se llenara sola por gracia divina. Él no la veía como una chica más y, mirándole a los ojos, se podría decir que hasta le importaba de verdad, incluso más que sus zapatos Oxford, por los cuales sería capaz de cometer cualquier locura.

— Me estás preocupando — añade ella — Me estás preocupando mucho. No te quiero dar lecciones pero creo que deberías de volver al mundo real de vez en cuando. Vives demasiado en el pasado, ¿me puedes decir, por favor, qué haces viendo una película en blanco y negro?

— Es de Billy Wilder, va sobre un tipo que alquila su apartamento para encuentros amorosos. He pensado que podría hacer algo parecido aquí.

— ¿Cómo vas a alquilar este apartamento? Pero si esto parece una pocilga. Ahora entiendo eso de que no se debe de vivir más de cinco años solo.

— Es una pocilga, sí, pero es una pocilga con mucho trabajo duro detrás. La gente pagaría millones, créeme.

Hay un silencio largo que nuestro héroe aprovecha para cerrar los ojos, porque para él estos silencios no significan nada.


— Te estás ahogando en un vaso de agua. Deja de actuar como si estuvieras sufriendo. Tu orgullo te está nublando el pensamiento.

— Quizás estoy loco.

— No, no estás loco, ya te gustaría, eres simplemente alguien que quiere ser especial. Pero te escondes en sueños imposibles que nunca persigues, porque es la única forma que tienes para sentirte diferente. Por eso te has pasado tres semanas buscando unos vasos de whisky.

— Sólo busco la belleza, muñeca.

— No, sólo buscas sentirte superior al resto. Y no me llames muñeca, te lo tengo dicho.

— ¿Pero qué problema hay?¿Qué pasa si me quiero sentir superior? Es lo que hacemos los hombres, competimos. Sino, ¿cómo crees que se han producido los grandes inventos de la historia? ¿Crees que esas grandes revoluciones son fruto del amor? No, no te engañes, son fruto del orgullo. Y aparte, ¿quién eres tú para darme lecciones? Tú y yo no somos nada. Conocidos como mucho.

— ¿Desde cuándo le das las llaves de tu casa a desconocidas?

— Te sorprenderías.

— ¿Sabes qué creo? Creo que tu ego es tan grande que te ha convertido en un cobarde incapaz de enfrentarse al rechazo. Creo que es por eso que después de cinco años aún no te has atrevido a decirme que me quieres. Porque tienes miedo. Pero yo sé que me quieres. Y yo también te quiero. Y por eso he venido.

Nuestro héroe se la queda mirando sin saber qué decir. Él siempre había sabido que hacer en estas situaciones, pero esta vez se queda inmóvil por unos instantes.

— Vamos a dormir, mañana será otro día.


Ya está amaneciendo y nuestro héroe está fumando un cigarrillo de pie mientras mira por la ventana. No ha pegado ojo en toda la noche ya que sólo puede pensar en ella. Cree que la quiere y se siente con valentía para intentar algo con ella, aunque no sabe bien el qué. No sabe lo que es el amor, pero está a punto de descubrirlo. Esa va a ser su gran revolución. Se gira hacia la cama para ver si ella ya se ha despertado y se da cuenta de que ella ya lleva unos minutos mirándolo, así que le confiesa: «He estado pensando en lo que me dijiste y creo que tienes razón. Debo volver a la realidad. La soledad se está apoderando de mí. He comprado dos vuelos a París. Salen en dos horas. Nos podemos hospedar en el Ritz hasta que se acaben mis ahorros. Espero haber encontrado otro trabajo para entonces.»

Ella esboza una leve sonrisa que acompaña con una lágrima que cae por su mejilla derecha. De la boca de él sale un tienes razón pero al corazón de la chica llega un te quiero. No sabe si mañana seguirá siendo cierto pero, de momento, con esto le basta. Le contesta: «Tampoco hace falta que vayamos a París… ni que nos hospedemos en el Ritz…»

— París siempre hace falta, muñeca. Y París sin Ritz no es París.

Ese no soy yo

Llevo dos multas en menos de un mes. La primera fue por aparcar mal una moto de alquiler. Era un día que salía de casa con muchas prisas y la deje en una zona en la que — supuestamente — estaba prohibido aparcar. Me enteré al día siguiente cuando me llegó un SMS diciéndome que la moto “Jolly” se la había llevado la grúa y que daba la casualidad de que el último conductor había sido yo. “¿Cómo? ¿Yo? ¡Imposible! Debe haber sido un error. A parte, Jolly no me suena para nada”. También me dicen que me dé prisa en recogerla ya que cada minuto en el depósito cuenta.

La segunda fue por aparcar, esta vez mi moto, sin dejar el medio metro de espacio reglamentario en la acera. Es una zona peatonal donde ya la había dejado varias veces y nunca me había pasado nada. Cuando la aparqué estaba llena de motos, y pensé “Aquí es imposible que pase nada. ¿A quién va a molestar mi pobre moto?” Llego al día siguiente por la tarde para ir a tomar algo y me encuentro mi moto totalmente sola, ya que las demás se habían dado a la fuga ante el peligro inminente. ¡Alta traición! Veo un papelito y mi parte más optimista, que coincide con mi parte más ilusa, piensa «no me han dejado una carta de amor desde la ESO. ¿Quién será?» Resulta que mi amante secreta se llama Instituto Municipal de Hacienda, y el titulo no era “Para mi amor platónico, El Halcón”, sino más bien “Notificación de denuncia por infracción de circulación”.


Hace un año y medio que me decidí a montar mi propia empresa. Es una montaña rusa de emociones ya que un día te sientes invencible y al otro día estás llorando desolado sin más compañía que tus facturas. Nunca me ha gustado la idea de trabajar en algo aburrido. Tampoco quiero engañar a nadie, esto no me apasiona, pero me entretiene, y eso para mí no es poco. El primer paso para saber que quieres hacer en tu vida es saber lo que no quieres hacer. Con el tiempo me he dado cuenta de que yo no necesito vivir en una casa con muchos metros cuadrados, ni conducir un coche con muchos caballos, ni ser jefe de no sé cuantas personas. Lo único que necesito es sentirme libre, al menos por ahora. No quiero criticar la corporate ladder, hay mucha gente que disfruta en ese mundo, es sólo que he entendido que yo no formo parte de ese mundo. «Muñeca, ese hombre que tú buscas, ese no soy yo». Dice Nassim Taleb en su libro de heurísticas y aforismos The Bed of Procustes: “You don’t become completely free just by avoiding to be a slave; you also need to avoid becoming a master.”

Hoy es un gran día porque tenemos una reunión con el director general de un reconocido grupo de restauración para vender nuestro producto estrella. Entramos en la sala mi socio y yo. Ya están todos preparados. Se presentan, incluido el jefe. Pienso “llevo tres días leyendo artículos sobre ti. Sé como te llamas, sé cuál es tu restaurante favorito, sé cuales son tus aficiones y sé a que te dedicabas antes de ser restaurador. No creo que haga falta que te presentes.” Finjo no saber nada. Small talk. Presentamos el producto. Hacemos la demo. Funciona. Enseñamos precios. Tiene dudas. Le convencemos. Lo consulta con sus asesores. Parecen interesados. Hace números. Quiere probar el producto él mismo. Hay nervios. Funciona. Sonríe. Nos felicita. Más dudas. Más números. ¿El precio es negociable?. No solemos hacerlo. Pero podemos hacer una excepción. Vuelve a mirar a sus asesores. Lo ven bien. Se decide a probarlo. ¿En uno pequeño? No, mejor en el grande que hay más volumen. Empezamos la semana que viene. Estamos en contacto. Nos damos la mano. Objetivo conseguido.

Salimos de la reunión y como hoy no hace tanto frío, nos sentamos en la terraza de un restaurante a comentar la jugada. “Se han quedado locos.”, “¡Qué cracks somos!”, “Si es que somos los mejores, unas bestias, unas máquinas de hacer dinero.”, “From zero to hero, bro.” son algunas de las mentiras necesarias que nos intercambiamos durante treinta minutos. Como hoy me siento invencible, le suelto “hoy invito yo”. Voy a la barra para pagar, pero también para darme cuenta de una triste realidad. El número robos en la ciudad se dispara, unas bravas y dos aguas: 11,50€.


Estoy volviendo a casa en moto, y cruzo un semáforo con mucho ámbar y poco rojo. Noto un doble destello de luz blanca justo al pasar. ¿Habrá sido un radar o habrá sido mi amante secreta e imaginaria que me ha sorprendido de camino a casa? Crucemos los dedos.

La sala de espera

Hace unos días estuve comiendo con un gran amigo que no veía desde hace años. Puede sonar a tópico, pero pertenece a esa clase de amigos que puedes estar años sin ver y que cuando los ves de nuevo es como si no hubiese pasado el tiempo.

Estuvimos hablando de libros, de trabajo, de la situación política, de la vida y de las trampas que esta nos pone. En fin, todas esas cosas de las que hablan dos grandes amigos que no se ven desde hace tiempo. Él me contaba que hace unos años, tenía un familiar cercano que por su enfermedad había que cuidar y estar pendiente. A pesar de los continuos esfuerzos de mi amigo por querer hacerle compañía, su familiar, aunque agradecido, le decía que no se preocupara tanto por él ya que podía estar sólo durante mucho tiempo con la simple compañía de su librería, su whisky y su tabaco de liar. No quiero imitar a nadie, pero sé que algún día me gustaría tener la entereza que tenía el familiar de mi amigo.


Es lunes por la mañana y estoy en la sala de espera de oncología mirando algunas caras que, junto a mí, aguardan su turno para ser atendidas. Hay de todo, unas muy felices y otras más apagadas. ¿Por qué será? ¿Quizás porque unos tienen un diagnóstico más esperanzador que otros? ¿O será simplemente la forma en que cada uno decide afrontar su problema? Ni idea.

Hay una que destaca. Está sentada justo delante de mí. Se trata de una chica de unos 30 y pocos, sin acompañante, y que irradia una energía contagiosa que acompaña con una sonrisa que, no es bonita, pero es sonrisa. Sin embargo, se la ve muy inquieta y no para de mirar a todos lados. «¿Qué estará pasando por su cabeza?» — me digo — «¿Le hablo? Venga, piensa algo ingenioso pero que no parezca muy forzado. ¿Le suelto un “Cuánta gente, eh”? No no no, a ver… piensa un poco chico que ya no tienes 10 años. ¿Quizás un “Qué frío hace hoy…” y mirarla como quien no quiere la cosa? Hmmm, demasiado típico. ¿Y si voy al grano? “Oye nena, soy El Halcón. Mis colegas me llaman así porque soy sigiloso, pero cuando pico dejo huella”».

Pero por suerte antes de hacer el mayor de los ridículos, llega mi salvación. Aparece un loco corriendo y gritando en no sé qué idioma y pasa por al lado nuestro. «Esta es la mía»— me digo. La chica y yo nos miramos, así que me tiro a la piscina: «¿Y a este qué le pasa?» — le digo. Tengo suerte y se ríe. Empezamos a hablar y le pregunto que por qué estaba tan inquieta. «Ya he acabado el tratamiento así que es mi último día por aquí. Estoy muy feliz porque claro, me he curado, pero echaré de menos a los médicos y a los enfermeros. Aquí todo el mundo es muy amable.» La llaman para que pase a consulta y nos despedimos con un cordial “que vaya muy bien”. Me quedo solo, así que decido ponerle banda sonora al nuevo panorama, abro Spotify y me pongo a buscar “algo animado pero tampoco demasiado alegre”. ¿Don Patricio o Bad Bunny? Don Patricio. ¿Contando lunares o Carita de guiño? Carita de guiño.

Pienso en la felicidad. Pienso que la enfermedad no debe servir como excusa para no ser feliz y que mi felicidad no es un derecho sino una obligación. Leía el otro día: “… ¿ser feliz? ¿Y qué pasa si yo no quiero ser feliz?” — decía uno. “Pues no seas feliz, si eso te hace feliz”. Siento que todo es un juego mental en el que más que la circunstancia, lo importante es la actitud. Decía el sabio Manson sentenciado de por vida a prisión: “See, prison doesn’t begin and end at the gate. Prison is in the mind. Can’t you see I’m free?”

Se acaba la canción y me llaman por mi nombre: “Señor El Halcón, pase a la consulta 9”. ¡Qué sincronización! Guardo los auriculares, me levanto y me dirijo a la consulta pensando: “¿Y tú? ¿Tienes la actitud necesaria para afrontar esto?”. La verdad es que no tengo ni idea, pero me armo con toda la energía que se puede tener un lunes por la mañana y me digo “el médico tiene que alucinar cuando me vea”.


Ya es de noche. Me pongo a hacer lo peor que uno puede hacer antes de irse a dormir, ver un debate político. Sale un tipo hablando del derecho que tenemos las personas a una vivienda digna, a un salario digno y a no sé que otras cosas también dignas. Eso me lleva a pensar sobre qué hace digna a una persona. Quiero dejar claro que aquí intentaré hablar de todo menos de política. Ya se habla demasiado y cada día me siento menos identificado con la ideología que se supone que quiero defender. Además, como ya os podéis imaginar, yo no tengo mucha idea de nada. Sin embargo, el concepto de dignidad tiene algo que me llama la atención.

Me produce mucha tristeza, cuando alguien dice, o peor, piensa sin decir, “pobre tío” o “pobrecita ella” cuando ven a alguien sufrir. Hay gente que confunde sentir empatía o compasión con sentir lástima y en vez de ser cercanos, prefieren ser superiores. Hacen algo mucho peor que faltar al respeto y es faltar a la dignidad. Rechazo el altruismo cuando tiene tintes de lástima pero también cuando el propósito real es compartirlo en público. Mateo 6:3–13 — “Mas cuando tú des limosna, que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”. Siempre he creído que las donaciones, al igual que la caridad, deberían de ser anónimas.

Quizás la dignidad signifique eso. El honor de haber obrado bien y estar en paz con uno mismo. Pienso que si alguien estuviese buscando lo que es la dignidad, la podría encontrar en personas como el familiar de mi amigo o como aquella chica que esperaba con una sonrisa en la sala de espera de oncología.

Aparta, chaval

Me encanta pasear por ciudades bonitas, ciudades que te maravillan desde el momento en el que pisas su aeropuerto. Estoy hablando de esas ciudades que hacen que te relamas cotilleando en Pinterest los “top 10 must-visit places” con 3 meses de antelación. Esos lugares a los que vas atraído por la belleza y vuelves cautivado por su encanto. Lugares a los que te comprometes volver para que el recuerdo permanezca vivo aunque con cierta resignación aceptas que en el fondo no vas a poder cumplir tu promesa. Te recuerda a cuando le dices a un conocido (bastante pesado) algo así como “…tío, pues a ver si nos vemos un día de estos y nos tomamos un café”. Me encantan esos lugares. Pero esta vez no hablaremos de esos lugares ya que la historia de hoy tiene lugar en un hotel de Malta.

Siempre he pensado que los hoteles son lugares fascinantes repletos de historias de amor y de guerra. En el libro que me estoy leyendo, el autor cuenta la anécdota de dos sicarios rusos que esperan a su próxima víctima delante de su habitación. Asesinato por contrato. Tras una larga espera sin que el susodicho apareciera, uno le dice al otro con tono notoriamente preocupado: “Espero que no le haya pasado nada”.

Estoy cenando en el restaurante del hotel. Tengo las mejores vistas que se pueden tener en un restaurante de hotel, vistas a la barra del bar. Veo a una rubia alta con tacones y tobillos delgados dirigiéndose hacia allí. Lleva un abrigo de lana negro, largo y cruzado que combina con unos labios rojos. El contraste me recuerda a los cuadros de Caravaggio, los cuales tuve la oportunidad de ver esa misma tarde en una exposición dentro de la Concatedral de San Juan en La Valeta. A diferencia del bello pero recargadísimo diseño interior de la catedral, el estilo de la rusa (esas rubias sólo pueden ser rusas) es muy elegante. Es elegante de la única forma que se puede ser elegante: con simplicidad. Cristóbal Balenciaga decía que “la elegancia es eliminación”, parece que esa rusa lo aplica a la perfección. Se sienta en la barra y pide una copa de vino blanco. Me pregunto si estará sola o si de lo contrario, habrá llegado un poco antes a su cita para familiarizarse con el lugar. Vuelvo a integrarme en la conversación de mi mesa poniendo cara de “no me acabo de enamorar”.

Después de un par de risas y ya casi pidiendo la cuenta, vuelvo a mirar hacia la barra para confirmar mis sospechas. No ha venido a beber sola. Él le saca fácilmente 30 años, parece local y hace lo más importante que tiene que hacer en ese momento: Hacerla reir. O al menos, eso es lo que ella quiere que piense. Él, de estatura baja y con una barba completa, cuya misión entiendo que consiste en compensar su calvicie, viste un single-breasted tweed blazer muy parecido a los de la marca maltesa Gagliardi que yo me había probado el día anterior (¿estará viviendo mi vida?).

Llevan hablando un buen rato y se les ve muy a gusto. Pero, como todo en la vida, la escena está a un paso de desmoronarse por completo. Dicho y hecho. Él le suelta, lo que parece ser por la reacción de ella, un comentario “fuera de tono”, lo cual hace que ella se levante, le propine una bofetada y se marche insultando todo lo que encuentra por el camino. “No puede ser” — me digo — “se acaban de cargar la nueva entrada de mi blog”.

Después de este bochornoso episodio, subo a mi habitación pensando en cómo esa situación tan prometedora se ha convertido en algo tan desagradable. Retomo mi libro sobre hoteles para ver si al menos ahí encuentro una historia que sí tenga un final feliz. Tras un par de páginas, lo dejo en la mesita de noche sin haber encontrado lo que buscaba. Y es ahí donde se me ocurre una brillante idea, convertirme en el personaje que estaba buscando. Me pongo mi bañador estampado con un albornoz blanco y me decido a bajar a la piscina interior en busca de mi próxima aventura.

Decepción total. La piscina está llena y sólo hay personas mayores, pero ya que estoy ahí decido meterme al jacuzzi “para aprovechar el viaje” — me autoconvenzo. Hay un tipo dentro disfrutando de su soledad así que decido hacerme al lado opuesto para no molestarle demasiado. “Qué educado soy” — me digo.

Pienso en la buena educación. Para mí la buena educación es tratar a la gente con respeto. Especialmente si es gente con la que no estás obligado a ser simpático (camareros, jardineros, recepcionistas, porteros, …). La buena educación es mirar a la gente a la cara cuando te hablan. Es criticar también a la cara pero alabarla a sus espaldas. Es vestirse bien, y más aún estando en los nuevos años 20, pero de esto es mejor que hablemos en otra ocasión. La buena educación es ponerte en el lugar del otro sin decirle que lo que está viviendo a ti te pasó la semana pasada. La buena educación es decir “gracias” y “por favor”. Me pregunto si aquella dichosa rusa habrá pedido su copa con un “please” o si de lo contrario habrá dicho sólo “white wine”. Me pregunto también qué demonios le habrá dicho el maltés para que ella se sintiera tan ofendida. Con lo fácil que es ser educado habiendo sido colonia inglesa. En fin. La buena educación es no quejarse, es aceptar/rechazar las invitaciones en el momento de recibirlas. El cine clásico está lleno de buena educación y como dice Miguel Milá en su nuevo libro Lo esencial: “lo clásico es aquello que no se puede mejorar”. La buena educación es levantarse antes de dar la mano y, como el diablo, la buena educación también está en los detalles.

El tipo que estaba delante de mí se marcha. “Qué raro” pienso, no le debe de gustar Miguel Milá. Acto seguido, aparece otro tipo bastante más mayor. Y aquí el momento clave: “Excuse me, sir. Would you mind if I join you?” — me pregunta. Le invito a entrar con un gesto amistoso, pero me quedo pensando “¿Y tú vas dando clases de buena educación?”. Humillado, subo otra vez a mi habitación para irme a dormir. Ya estando en la cama me doy cuenta de que ese día yo ni había saludado a los recepcionistas, ni me había aguantado las quejas sobre el frío estremecedor que hacía y que todavía no había rechazado una invitación que tenía pendiente desde hace 3 meses para asistir a una boda. También estoy bastante convencido de que la buena educación es prestar atención a lo que se está hablando en tu cena y no estar cotilleando conversaciones ajenas en la barra del bar. En definitiva, había recibido un “Excuse me, sir” pero realmente me merecía un “Aparta, chaval”.

Sin perder la compostura

Estoy tumbado en el sofá de mi casa cuando me dispongo a abrir por enésima vez los resultados de la colonoscopia. Paciente de 25 años, neoplasia colorrectal. Me acaban de diagnosticar cáncer de colón.

La primera reacción es de shock. Es cierto que había tenido casos de cáncer en la familia. También es cierto que mis hábitos no alardean de ser los más saludables precisamente. Sin embargo, no salgo de mi estupefacción preguntándome cada 2 minutos: “¿Cómo puede ser?”


Pienso que quizás se deba a las dietas raras con las que me gusta experimentar. Atkins, paleo, keto, you name it. Luego, mi curiosidad me lleva a pensar que quizás se pueda deber a mi estilo de vida. Concretamente, al estrés que supone mantener con vida una empresa (la de veces que me habré preguntado si realmente estoy hecho para esto). Cuando ya estoy convencido, me viene a la cabeza la idea de que quizás se pueda deber a factores genéticos, y pocos momentos después de eso, tras ojear en un par foros de muy poca confianza, me seduce la teoría de “algún trauma reprimido en la infancia”. Abatido, me sincero conmigo mismo reconociendo que es misión imposible hacer una análisis suficientemente riguroso para entender a ciencia cierta las causas de mi cáncer. Pero por suerte llego a una conclusión. Todo es incierto.

Así que como buen cínico que soy, me decido a aceptar la incertidumbre como compañera de viaje, rechazando así la falsa necesidad de seguridad. Podría esconderme contándome historias bonitas repletas de mensajes inspiradores que me aseguraran que todo irá bien. Y podría hacerlo una y otra vez hasta olvidar que lo que me cuento son mentiras. Pero prefiero enfrentarme al vacío intentando, como buenamente puedo, ser feliz en un mundo que no entiendo (y que quizás en el fondo no quiera entender). Porque al fin y al cabo, es bien sabido que una vida con garantías no es vida. De hecho ni se le parece.

También me he dado cuenta de que todo el mundo tiene problemas y que probablemente una vida sin problemas también sea una vida vacía (¿será verdad eso de que hemos venido aquí a sufrir?). A veces tengo la sensación de que estas adversidades que se presentan, y que en ocasiones infligen tanto dolor, no son obstáculos en el camino sino acompañantes en el viaje con las que hay que aprender a convivir o como mínimo conseguir que no nos molesten y sean simplemente eso, acompañantes.

Estoy empezando a hacer meditación. El arte de no hacer nada. Lo que he hecho toda la vida pero esta vez con mucho esmero y dedicación. “Antes de combatir el cáncer, primero habrá que aceptar todo lo que pueda pasar, ¿no?” – Me digo – “Mira chico, todo el mundo tiene problemas y la mayoría son bastante más graves que el tuyo. Así que ni te sientas especial ni te vayas a crecer mucho si lo superas, porque esto es lo que siempre ha sido la vida. A veces das y a veces recibes y hay que seguir luchando con el cariño de la gente que quieres”. Mientras escribo esto me doy cuenta de que hablo mucho conmigo mismo y que quizás no estaría del todo mal hacerle una visita al psicólogo de vez en cuando.


¿Qué nos queda? Pues seguir hacia adelante con la mejor de las sonrisas y con la esperanza de que en el futuro todo irá mejor. Seguir sin perder la compostura e intentando convencernos de que, aunque todo sea incierto, está bajo control.

Feliz año.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.