Sin perder la compostura

Estoy tumbado en el sofá de mi casa cuando me dispongo a abrir por enésima vez los resultados de la colonoscopia. Paciente de 25 años, neoplasia colorrectal. Me acaban de diagnosticar cáncer de colón.

La primera reacción es de shock. Es cierto que había tenido casos de cáncer en la familia. También es cierto que mis hábitos no alardean de ser los más saludables precisamente. Sin embargo, no salgo de mi estupefacción preguntándome cada 2 minutos: “¿Cómo puede ser?”


Pienso que quizás se deba a las dietas raras con las que me gusta experimentar. Atkins, paleo, keto, you name it. Luego, mi curiosidad me lleva a pensar que quizás se pueda deber a mi estilo de vida. Concretamente, al estrés que supone mantener con vida una empresa (la de veces que me habré preguntado si realmente estoy hecho para esto). Cuando ya estoy convencido, me viene a la cabeza la idea de que quizás se pueda deber a factores genéticos, y pocos momentos después de eso, tras ojear en un par foros de muy poca confianza, me seduce la teoría de “algún trauma reprimido en la infancia”. Abatido, me sincero conmigo mismo reconociendo que es misión imposible hacer una análisis suficientemente riguroso para entender a ciencia cierta las causas de mi cáncer. Pero por suerte llego a una conclusión. Todo es incierto.

Así que como buen cínico que soy, me decido a aceptar la incertidumbre como compañera de viaje, rechazando así la falsa necesidad de seguridad. Podría esconderme contándome historias bonitas repletas de mensajes inspiradores que me aseguraran que todo irá bien. Y podría hacerlo una y otra vez hasta olvidar que lo que me cuento son mentiras. Pero prefiero enfrentarme al vacío intentando, como buenamente puedo, ser feliz en un mundo que no entiendo (y que quizás en el fondo no quiera entender). Porque al fin y al cabo, es bien sabido que una vida con garantías no es vida. De hecho ni se le parece.

También me he dado cuenta de que todo el mundo tiene problemas y que probablemente una vida sin problemas también sea una vida vacía (¿será verdad eso de que hemos venido aquí a sufrir?). A veces tengo la sensación de que estas adversidades que se presentan, y que en ocasiones infligen tanto dolor, no son obstáculos en el camino sino acompañantes en el viaje con las que hay que aprender a convivir o como mínimo conseguir que no nos molesten y sean simplemente eso, acompañantes.

Estoy empezando a hacer meditación. El arte de no hacer nada. Lo que he hecho toda la vida pero esta vez con mucho esmero y dedicación. “Antes de combatir el cáncer, primero habrá que aceptar todo lo que pueda pasar, ¿no?” – Me digo – “Mira chico, todo el mundo tiene problemas y la mayoría son bastante más graves que el tuyo. Así que ni te sientas especial ni te vayas a crecer mucho si lo superas, porque esto es lo que siempre ha sido la vida. A veces das y a veces recibes y hay que seguir luchando con el cariño de la gente que quieres”. Mientras escribo esto me doy cuenta de que hablo mucho conmigo mismo y que quizás no estaría del todo mal hacerle una visita al psicólogo de vez en cuando.


¿Qué nos queda? Pues seguir hacia adelante con la mejor de las sonrisas y con la esperanza de que en el futuro todo irá mejor. Seguir sin perder la compostura e intentando convencernos de que, aunque todo sea incierto, está bajo control.

Feliz año.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.

Autor: Fede Buldin

Sin profundidad y sin temática, pero con mucho estilo.

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