Aparta, chaval

Me encanta pasear por ciudades bonitas, ciudades que te maravillan desde el momento en el que pisas su aeropuerto. Estoy hablando de esas ciudades que hacen que te relamas cotilleando en Pinterest los “top 10 must-visit places” con 3 meses de antelación. Esos lugares a los que vas atraído por la belleza y vuelves cautivado por su encanto. Lugares a los que te comprometes volver para que el recuerdo permanezca vivo aunque con cierta resignación aceptas que en el fondo no vas a poder cumplir tu promesa. Te recuerda a cuando le dices a un conocido (bastante pesado) algo así como “…tío, pues a ver si nos vemos un día de estos y nos tomamos un café”. Me encantan esos lugares. Pero esta vez no hablaremos de esos lugares ya que la historia de hoy tiene lugar en un hotel de Malta.

Siempre he pensado que los hoteles son lugares fascinantes repletos de historias de amor y de guerra. En el libro que me estoy leyendo, el autor cuenta la anécdota de dos sicarios rusos que esperan a su próxima víctima delante de su habitación. Asesinato por contrato. Tras una larga espera sin que el susodicho apareciera, uno le dice al otro con tono notoriamente preocupado: “Espero que no le haya pasado nada”.

Estoy cenando en el restaurante del hotel. Tengo las mejores vistas que se pueden tener en un restaurante de hotel, vistas a la barra del bar. Veo a una rubia alta con tacones y tobillos delgados dirigiéndose hacia allí. Lleva un abrigo de lana negro, largo y cruzado que combina con unos labios rojos. El contraste me recuerda a los cuadros de Caravaggio, los cuales tuve la oportunidad de ver esa misma tarde en una exposición dentro de la Concatedral de San Juan en La Valeta. A diferencia del bello pero recargadísimo diseño interior de la catedral, el estilo de la rusa (esas rubias sólo pueden ser rusas) es muy elegante. Es elegante de la única forma que se puede ser elegante: con simplicidad. Cristóbal Balenciaga decía que “la elegancia es eliminación”, parece que esa rusa lo aplica a la perfección. Se sienta en la barra y pide una copa de vino blanco. Me pregunto si estará sola o si de lo contrario, habrá llegado un poco antes a su cita para familiarizarse con el lugar. Vuelvo a integrarme en la conversación de mi mesa poniendo cara de “no me acabo de enamorar”.

Después de un par de risas y ya casi pidiendo la cuenta, vuelvo a mirar hacia la barra para confirmar mis sospechas. No ha venido a beber sola. Él le saca fácilmente 30 años, parece local y hace lo más importante que tiene que hacer en ese momento: Hacerla reir. O al menos, eso es lo que ella quiere que piense. Él, de estatura baja y con una barba completa, cuya misión entiendo que consiste en compensar su calvicie, viste un single-breasted tweed blazer muy parecido a los de la marca maltesa Gagliardi que yo me había probado el día anterior (¿estará viviendo mi vida?).

Llevan hablando un buen rato y se les ve muy a gusto. Pero, como todo en la vida, la escena está a un paso de desmoronarse por completo. Dicho y hecho. Él le suelta, lo que parece ser por la reacción de ella, un comentario “fuera de tono”, lo cual hace que ella se levante, le propine una bofetada y se marche insultando todo lo que encuentra por el camino. “No puede ser” — me digo — “se acaban de cargar la nueva entrada de mi blog”.

Después de este bochornoso episodio, subo a mi habitación pensando en cómo esa situación tan prometedora se ha convertido en algo tan desagradable. Retomo mi libro sobre hoteles para ver si al menos ahí encuentro una historia que sí tenga un final feliz. Tras un par de páginas, lo dejo en la mesita de noche sin haber encontrado lo que buscaba. Y es ahí donde se me ocurre una brillante idea, convertirme en el personaje que estaba buscando. Me pongo mi bañador estampado con un albornoz blanco y me decido a bajar a la piscina interior en busca de mi próxima aventura.

Decepción total. La piscina está llena y sólo hay personas mayores, pero ya que estoy ahí decido meterme al jacuzzi “para aprovechar el viaje” — me autoconvenzo. Hay un tipo dentro disfrutando de su soledad así que decido hacerme al lado opuesto para no molestarle demasiado. “Qué educado soy” — me digo.

Pienso en la buena educación. Para mí la buena educación es tratar a la gente con respeto. Especialmente si es gente con la que no estás obligado a ser simpático (camareros, jardineros, recepcionistas, porteros, …). La buena educación es mirar a la gente a la cara cuando te hablan. Es criticar también a la cara pero alabarla a sus espaldas. Es vestirse bien, y más aún estando en los nuevos años 20, pero de esto es mejor que hablemos en otra ocasión. La buena educación es ponerte en el lugar del otro sin decirle que lo que está viviendo a ti te pasó la semana pasada. La buena educación es decir “gracias” y “por favor”. Me pregunto si aquella dichosa rusa habrá pedido su copa con un “please” o si de lo contrario habrá dicho sólo “white wine”. Me pregunto también qué demonios le habrá dicho el maltés para que ella se sintiera tan ofendida. Con lo fácil que es ser educado habiendo sido colonia inglesa. En fin. La buena educación es no quejarse, es aceptar/rechazar las invitaciones en el momento de recibirlas. El cine clásico está lleno de buena educación y como dice Miguel Milá en su nuevo libro Lo esencial: “lo clásico es aquello que no se puede mejorar”. La buena educación es levantarse antes de dar la mano y, como el diablo, la buena educación también está en los detalles.

El tipo que estaba delante de mí se marcha. “Qué raro” pienso, no le debe de gustar Miguel Milá. Acto seguido, aparece otro tipo bastante más mayor. Y aquí el momento clave: “Excuse me, sir. Would you mind if I join you?” — me pregunta. Le invito a entrar con un gesto amistoso, pero me quedo pensando “¿Y tú vas dando clases de buena educación?”. Humillado, subo otra vez a mi habitación para irme a dormir. Ya estando en la cama me doy cuenta de que ese día yo ni había saludado a los recepcionistas, ni me había aguantado las quejas sobre el frío estremecedor que hacía y que todavía no había rechazado una invitación que tenía pendiente desde hace 3 meses para asistir a una boda. También estoy bastante convencido de que la buena educación es prestar atención a lo que se está hablando en tu cena y no estar cotilleando conversaciones ajenas en la barra del bar. En definitiva, había recibido un “Excuse me, sir” pero realmente me merecía un “Aparta, chaval”.

Autor: Fede Buldin

Sin profundidad y sin temática, pero con mucho estilo.

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