La sala de espera

Hace unos días estuve comiendo con un gran amigo que no veía desde hace años. Puede sonar a tópico, pero pertenece a esa clase de amigos que puedes estar años sin ver y que cuando los ves de nuevo es como si no hubiese pasado el tiempo.

Estuvimos hablando de libros, de trabajo, de la situación política, de la vida y de las trampas que esta nos pone. En fin, todas esas cosas de las que hablan dos grandes amigos que no se ven desde hace tiempo. Él me contaba que hace unos años, tenía un familiar cercano que por su enfermedad había que cuidar y estar pendiente. A pesar de los continuos esfuerzos de mi amigo por querer hacerle compañía, su familiar, aunque agradecido, le decía que no se preocupara tanto por él ya que podía estar sólo durante mucho tiempo con la simple compañía de su librería, su whisky y su tabaco de liar. No quiero imitar a nadie, pero sé que algún día me gustaría tener la entereza que tenía el familiar de mi amigo.


Es lunes por la mañana y estoy en la sala de espera de oncología mirando algunas caras que, junto a mí, aguardan su turno para ser atendidas. Hay de todo, unas muy felices y otras más apagadas. ¿Por qué será? ¿Quizás porque unos tienen un diagnóstico más esperanzador que otros? ¿O será simplemente la forma en que cada uno decide afrontar su problema? Ni idea.

Hay una que destaca. Está sentada justo delante de mí. Se trata de una chica de unos 30 y pocos, sin acompañante, y que irradia una energía contagiosa que acompaña con una sonrisa que, no es bonita, pero es sonrisa. Sin embargo, se la ve muy inquieta y no para de mirar a todos lados. «¿Qué estará pasando por su cabeza?» — me digo — «¿Le hablo? Venga, piensa algo ingenioso pero que no parezca muy forzado. ¿Le suelto un “Cuánta gente, eh”? No no no, a ver… piensa un poco chico que ya no tienes 10 años. ¿Quizás un “Qué frío hace hoy…” y mirarla como quien no quiere la cosa? Hmmm, demasiado típico. ¿Y si voy al grano? “Oye nena, soy El Halcón. Mis colegas me llaman así porque soy sigiloso, pero cuando pico dejo huella”».

Pero por suerte antes de hacer el mayor de los ridículos, llega mi salvación. Aparece un loco corriendo y gritando en no sé qué idioma y pasa por al lado nuestro. «Esta es la mía»— me digo. La chica y yo nos miramos, así que me tiro a la piscina: «¿Y a este qué le pasa?» — le digo. Tengo suerte y se ríe. Empezamos a hablar y le pregunto que por qué estaba tan inquieta. «Ya he acabado el tratamiento así que es mi último día por aquí. Estoy muy feliz porque claro, me he curado, pero echaré de menos a los médicos y a los enfermeros. Aquí todo el mundo es muy amable.» La llaman para que pase a consulta y nos despedimos con un cordial “que vaya muy bien”. Me quedo solo, así que decido ponerle banda sonora al nuevo panorama, abro Spotify y me pongo a buscar “algo animado pero tampoco demasiado alegre”. ¿Don Patricio o Bad Bunny? Don Patricio. ¿Contando lunares o Carita de guiño? Carita de guiño.

Pienso en la felicidad. Pienso que la enfermedad no debe servir como excusa para no ser feliz y que mi felicidad no es un derecho sino una obligación. Leía el otro día: “… ¿ser feliz? ¿Y qué pasa si yo no quiero ser feliz?” — decía uno. “Pues no seas feliz, si eso te hace feliz”. Siento que todo es un juego mental en el que más que la circunstancia, lo importante es la actitud. Decía el sabio Manson sentenciado de por vida a prisión: “See, prison doesn’t begin and end at the gate. Prison is in the mind. Can’t you see I’m free?”

Se acaba la canción y me llaman por mi nombre: “Señor El Halcón, pase a la consulta 9”. ¡Qué sincronización! Guardo los auriculares, me levanto y me dirijo a la consulta pensando: “¿Y tú? ¿Tienes la actitud necesaria para afrontar esto?”. La verdad es que no tengo ni idea, pero me armo con toda la energía que se puede tener un lunes por la mañana y me digo “el médico tiene que alucinar cuando me vea”.


Ya es de noche. Me pongo a hacer lo peor que uno puede hacer antes de irse a dormir, ver un debate político. Sale un tipo hablando del derecho que tenemos las personas a una vivienda digna, a un salario digno y a no sé que otras cosas también dignas. Eso me lleva a pensar sobre qué hace digna a una persona. Quiero dejar claro que aquí intentaré hablar de todo menos de política. Ya se habla demasiado y cada día me siento menos identificado con la ideología que se supone que quiero defender. Además, como ya os podéis imaginar, yo no tengo mucha idea de nada. Sin embargo, el concepto de dignidad tiene algo que me llama la atención.

Me produce mucha tristeza, cuando alguien dice, o peor, piensa sin decir, “pobre tío” o “pobrecita ella” cuando ven a alguien sufrir. Hay gente que confunde sentir empatía o compasión con sentir lástima y en vez de ser cercanos, prefieren ser superiores. Hacen algo mucho peor que faltar al respeto y es faltar a la dignidad. Rechazo el altruismo cuando tiene tintes de lástima pero también cuando el propósito real es compartirlo en público. Mateo 6:3–13 — “Mas cuando tú des limosna, que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”. Siempre he creído que las donaciones, al igual que la caridad, deberían de ser anónimas.

Quizás la dignidad signifique eso. El honor de haber obrado bien y estar en paz con uno mismo. Pienso que si alguien estuviese buscando lo que es la dignidad, la podría encontrar en personas como el familiar de mi amigo o como aquella chica que esperaba con una sonrisa en la sala de espera de oncología.

Autor: Fede Buldin

Sin profundidad y sin temática, pero con mucho estilo.

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