Yo, yo y más yo

Llevo diez minutos hablándoles a los de la oficina que la nueva entrada de mi blog será sobre la gente que sólo habla de sí misma. Esa gente a la que no le importa otra cosa más allá de ellos mismos. Esa gente con la que yo no tengo nada que ver, obviamente.


Es impresionante. No paro de ligar, puede que me presente a la próxima edición de La isla de las tentaciones. Estoy caminando por la calle y veo a una chica encantadora que me mira atentamente con una sonrisa. Definitivamente, esta mañana me he pasado de guapo. Le devuelvo la sonrisa y me saluda — “Hola, me llamo Irene y trabajo en Cruz Roja, ¿tienes un momento?”. Jarrón de agua fría. Con cara de resignación le contesto educadamente — “Sólo faltaría”, no vaya a ser que se piense que no tengo sentimientos. Me pregunta — “¿De dónde eres?”. Respondo con la verdad. “Ahh mira, latino también. Yo soy de Córdoba, Argentina, ¡qué coincidencia!”. Pienso – “ya ves, ¡qué casualidad! ¿Cuál era la probabilidad de encontrarnos justo en este momento? Buah… es que tenemos tantas cosas en común. Tengo miedo a preguntarte si eres Libra, o si tu serie favorita es Mad Men, o si eres más de bombones que de flores, porque de ser así me vería obligado a enamorarme.”

Como de costumbre, me pierdo en mis pensamientos y cuando vuelvo a la conversación ya me está ofreciendo su boli para que apunte en su hoja con qué generosa cantidad voy a contribuir a la causa. Como no me he enterado de absolutamente nada y no sé de qué causa me está hablando, le contesto que mejor me lo envíe todo al mail, ya que de esta forma me lo podré leer todo con mucha más calma. Por suerte, uno de mis propósitos de año nuevo es acordarme del nombre de las personas nuevas que conozco, así que me despido con un personalizado “Muchas gracias, Irene, te digo algo esta semana”, intentando desmarcarme un poco del resto de personas que paran por la calle.

Me llega el mail por la tarde y me lo leo por encima. El proyecto trata sobre ayudar a los vecinos del barrio. Pienso — “Yo no me hablo ni con mi vecina de rellano. Las pocas interacciones que hemos tenido han sido cuando pica a la pared cuando, según ella, estoy haciendo demasiado ruido cantando. A ver, sé que no soy David Bisbal, pero tampoco creo que lo haga tan mal como para picar a la pared”. Por eso y mucho más, no me convence mucho la idea de contribuir a la causa, pero por dentro me remueve un sentimiento de culpa que no me gusta un pelo. ¿Estarán intentando hacerme sentir mal por no ayudar?

El mail acaba con su firma y, ante mi sorpresa, descubro que no se llama Irene, sino una notable variación del mismo nombre que en mi vida había escuchado. Efectivamente, me había desmarcado del resto, pero hacia peor. Le contesto diciendo que ahora mismo no tengo tiempo para involucrarme como me gustaría (mentira). También le digo que quizás algún día me dedique a hacer alguna obra social en la que me pueda dedicar en cuerpo y alma (casi-mentira). Pero pienso — “¿Por qué será que tengo la necesidad de justificarme?¿Porque no le puedo decir que la única cruz en la que yo creo es en la de San Pedro?”.

Procedo a rechazar la invitación y, para asegurarme de que no caiga en la tentación de insistirme, utilizo una táctica sutil pero muy efectiva. Le digo que personalmente me ha caído muy bien y que si algún día quiere quedar para ir a tomar algo “aunque sólo sea para hablar”, añado, estaré encantado. Y por si aún me quedaba alguna duda de si quizás me responde, me despido poniendo el broche de oro al final del mail, “Gracias por todo, Irene”. Enviar. Si no me contesta en una semana le enviaré un kindly reminder, para vanagloriarme de mi triunfo apoteósico.


“Climb mountains not so the world can see you, but so you can see the world.” — David McCullough Jr.

He tenido muchas conversaciones que realmente no son conversaciones. Conversaciones en las que esperas a que el otro acabe de hablar e, independientemente de lo que haya dicho, dices lo que querías decir desde el principio. Y lo que dices suele ser para hablar de ti mismo. Y es que hay veces que nos creemos demasiado importantes (este blog en primera persona es una claro ejemplo). Hablar de uno mismo no es malo, pero sí triste. ¿Hay algo inmoral en eso? En absoluto, pero me he dado cuenta de que soy más feliz cuando intento pensar en los demás. Tampoco os quiero engañar, yo no pienso mucho en los demás, al menos no tanto como me gustaría, pero quizás es que yo tampoco me importo demasiado.

Nuestro amigo, el ego, es necesario para competir en los negocios, sobretodo en el del amor, pero dudo que traiga más alegrías que sufrimiento. Al final, la gente sólo piensa en sus cosas. Y si crees que la gente piensa en ti, a no ser de que seas David Bisbal, eres un tarado mental. Hace muchos siglos, Buda abandonó el yo para alcanzar la iluminación, yo esta noche lo estoy intentando abandonar para poder dormir mis ocho horas reglamentarias. Y siendo del todo sincero, en parte también lo hago para que no me duelan tanto los rechazos. (“¿Por qué me habrá dejado en visto? ¿No le gusto?” “Chico, es bastante peor que eso, ni siquiera piensa en ti.”)


Siempre me he intentado convencer de que es importante no mentirse nunca a uno mismo. Y para ello es necesario entender cuándo estoy sufriendo yo y cuándo lo está haciendo mi ego. Pero entonces, ¿por qué quiero que me aplaudan? ¿Por qué me miro sólo a mí cuando hago videollamadas por Skype? ¿Por qué aparento conocimiento que no tengo? ¿Por qué vivo como si todo el mundo se estuviese fijando en mí? ¿Cuán seguro estoy de lo que predico? ¿Reconozco mis errores? ¿En público? ¿Delante de quién duele? Joven, ¿has hecho las paces con tus inseguridades? ¿Sientes ansiedad? ¿Te da miedo lo poco que significas para el mundo? ¿Sientes que te pierdes algo? ¿Por qué coges el móvil cada 5 minutos? ¿Crees que ahí encontrarás lo que estás buscando?

Quizás busco todo esto porque debajo de esta fachada de sentimental, se esconde un tipo frívolo y confundido que se dedica a reírse de la vida al igual que ella se ríe de él. Pero bueno, ya no quiero hablar más sobre mí, así que cuéntame, ¿en qué cruz crees tú?

Nada de eso importa

Dice Bong Joon-Ho que una vez superemos la barrera descubriremos un mundo maravilloso. La barrera a la que se refiere son los subtítulos y el mundo del que habla es el mundo de cine. ¿La película? Parásitos.

Me la han vendido muy bien y le tengo muchas ganas. Convenzo a un amigo para ir a verla a Cines Verdi a las 20:05. Nos sentimos tan invencibles que no nos dejamos intimidar por el diluvio que está cayendo desde las tres de la tarde. Vamos en coche hasta Gracia y tenemos la suerte de poder aparcar relativamente rápido. Digo suerte porque encontrar un sitio para aparcar por Gracia a veces puede ser más difícil que encontrar el amor en una fiesta de Dan Bilzerian. Pero chico, quien no arriesga no gana.

Las entradas para la película no son numeradas, pero nuestra gran hazaña nos permite llegar con bastante antelación y conseguir un buen sitio. Empiezan los créditos iniciales y con ellos llega la primera sorpresa de noche: “WHAT!?¿Qué son esos símbolos? No me creo que me hayas traído a ver una película en coreano” — me reclama mi amigo entre risas.

Hace mucho no me enganchaba tanto una película. No haré spoilers pero sí diré que es una película muy humana. No hay buenos ni malos. No sientes lástima, ni sientes admiración. No los criticas ni tampoco los justificas. Son sólo cuatro miembros de una familia que buscan una forma de ganarse la vida. Salimos del cine y sigue lloviendo (¿cuándo dejará de llover en mis posts?). Me dice mi amigo — “Qué peli más rara”. “A mí también me ha encantado” — le contesto.

Llego a casa y me entero de la segunda sorpresa de la noche, Fallece Kobe Bryant en un accidente de helicóptero a los cuarenta y un años de edad. Me entristece mucho porque, aunque no haya visto ni un sólo partido de Kobe en mi vida, sí que lo había visto hablar varias veces y siempre me ha parecido un muy buen tipo. Leo también que los coronavirus se están propagando cada vez más. Pienso en la fragilidad de la vida y me voy a la cama con mal cuerpo.


Estoy en la revisión con el médico. Me dice que me van a tener que hacer más sesiones del tratamiento antes y después de la cirugía. Me desanimo un poco. Un poco bastante. No me lo esperaba. Probablemente ya me lo había dicho en otra consulta y no me acordaba. El caso es que me había puesto expectativas, y ya sabéis lo que dicen, cuando la realidad es peor que la expectativa, te vienes abajo. Pero nada más salir de la consulta pienso— “¿tan frágil eres que a la mínima que cambia un poco el panorama te afecta tanto?”.

Yo quiero poder adaptarme a cualquier imprevisto. Quiero ser como los estoicos romanos, es decir, tener la paz interior de los budistas pero con las pelotas de los espartanos. Y para eso me debería de dar igual si son cuatro, ocho, veinte o quinientas sesiones. Me tiene que dar igual si después de esto no me curo. Me tiene que dar igual que me cure y que al cabo de unos años me vuelvan a diagnosticar cáncer y tenga que empezar de cero. Me tiene que dar igual que mi empresa quiebre. Me tiene que dar igual que venga un huracán y destruya mi casa llevándose todas mis pertenencias. Me tiene que dar igual que las personas que más admiro en este mundo me digan que no valgo para nada. Me tiene que dar igual, porque al final de todo, sé que el sol volverá a salir.

Pero ojo, que me dé igual el resultado no significa que no me deje la piel luchando. Arrepentirte de no haberlo dado todo puede que sea de los sentimientos más tristes que se puedan experimentar. Lo que tengo claro es que si lucho, lo tengo que hacer con una sonrisa en la cara. Si no me lo paso bien en el camino, nada de esto tiene sentido. El placer de la victoria es demasiado efímero y lo único que permanece es la lucha.

Mis paranoias me devuelven el estado de ánimo. Ya vuelvo a estar motivado. Qué fácil es engañarse. Me subo a la moto con el cuchillo entre los dientes y con dos o tres revoluciones de más para ir a la oficina como quien se dirige a la guerra dispuesto a morir por sus ideales.


Quizás la gracia de todo esto esté en centrarse en el proceso y no en el resultado. Cuando la felicidad depende del resultado, uno es tan frágil como una copa de cristal. Ante cualquier evento inesperado, sea un accidente de tráfico que te deje en silla de ruedas, una muerte de un ser querido o una enfermedad grave, se tuerce el plan y en cuestión de segundos se desmorona todo sin que se pueda hacer nada al respecto.

Así que puede que ir por la vida sin un plan no sea una actitud de vagos, sino más bien de valientes. Puede que los valientes no sean los que lo tienen todo calculado sino los que se adaptan, los que en cada problema ven una oportunidad, los que saben enfrentarse al desastre con la cabeza alta, los que se aferran a la vida (como los parásitos de la película), los que aún sin saber dónde van a dormir esa noche, salen a la calle a comerse el mundo. Los que improvisan, los que no esperan nada, los que se sienten cómodos en mitad del caos, los que no le echan la culpa a nadie si todo su mundo se derrumba delante de sus narices. Y ahora que lo pienso, también puede que sean los más listos porque, como no tienen rumbo, cualquier dirección para ellos es la correcta.

Yo no sé si seré un vago o un valiente. Lo único que sé es que en la vida hay sorpresas como los cánceres, los accidentes de helicóptero o los coronavirus, que son poco probables, pero cuando ocurren, te cambian la vida por completo.

«Ki-woo, ¿sabes cuál es el plan que nunca falla? No tener ningún plan. ¿Sabes por qué? Porque la vida no se puede planificar. Mira a nuestro alrededor. ¿Acaso esta gente planificó que iba a acabar aquí? No. Pero mira ahora. Están durmiendo en el suelo, incluidos nosotros. Por eso la gente no debería hacer planes. Sin un plan, nada puede salir mal. Da igual lo que pase en el futuro. Da igual lo que pase con nuestro país. No importa. Nada de eso importa. ¿Entiendes?»

Mi gremio

Llevo varios meses dándole muchas vueltas y no ha sido una decisión nada fácil. A veces hay que saber aceptar verdades muy duras y remar a contracorriente para luchar por lo que sólo tú crees que es lo correcto. No hay vuelta atrás, la decisión está tomada. Me voy a comprar mi primer traje a medida.


Todo empieza hace un par de días. Estoy buscando una buena sastrería para arreglar dos trajes azul marino. Me los compré hace ya tres años en una tienda de ropa bastante reconocida para mi antiguo trabajo en una consultora, también muy reconocida. El único que no era reconocido en esa ecuación era yo. Pensé que junto al otro traje gris, que me compré para la confirmación, podría formar lo que yo llamaba la gran triada. Como ahora estoy un poco más delgado, los dos azules me quedan un poco grandes, así que tengo dos opciones, engordar o comprarme otro. Hay gente que se compra un traje de verano y otro de invierno. Yo tengo dos de gordo y uno de delgado.

Encuentro una sastrería italiana donde el dueño parece ser simpático, al menos eso es lo que destacaban la mayoría de reviews. Como es un día lluvioso y llevo los dos trajes, decido coger un taxi mientras intento aclararle algunas dudas por teléfono al becario que acabamos de contratar. Vaya, lo que se ha conocido toda la vida como “un hombre de negocios”. Otra versión de la misma historia es que trabajo en una pequeña empresa de tecnología y, al ser precisamente de tecnología, no me veo obligado a ir en traje. Pero creo que siempre es necesario tener al menos uno que te quede bien para las ocasiones importantes como las primeras reuniones con clientes, las bodas de gente cercana o los paseos con el perro de mi hermana (es un perro muy elitista). Entro en la tienda con mis dos trajes en sus respectivas fundas disculpándome por llegar doce minutos tarde a la cita que había reservado previamente. Al sastre, obviamente, no le digo nada de eso que yo soy hombre de negocios muy importante y que mi agenda hoy está abarrotada.

Voy a ponerme los trajes para que el joven sastre de treinta y largos pueda analizar cómo me sientan. Como aquí no sale muy bien parado, ocultaremos su nombre real y lo llamaremos Doménico. “… bueno, ¿cómo lo ves?” — le pregunto. Pone cara de circunstancia mientras busca una respuesta que no me falte al respeto, pero que tampoco falte a la verdad. “A ver, de hombros te queda bien, pero está un poco largo. Y esta manga está mal hecha, ¿te la han arreglado ya antes no?” — me dice. Si con esa cara me ha dicho que me queda un poco largo, es que me queda muy largo. Me pongo el otro y añade — “Este lo veo igual que el otro pero también está un poco desgastado por la parte de atrás, ¿pasas mucho tiempo sentado?”. Contesto a sus preguntas y le digo que los trajes prêt-à-porter no me suelen quedar bien y que por eso esperaba poder arreglarlos. Prosigue Doménico — “A ver, te los puedo arreglar y te quedarán bien, pero no te quedarán perfectos…”. Ayyy, como conoce mi debilidad, como hurga en la herida, como apunta dónde duele.

Resignado, no veo con otra que decirle: “…bueno, ¿y cuánto vale hacerme uno a medida?”. De repente le brillan los ojos. Al final, supongo que a Doménico lo que le gusta es hacer trajes, no arreglarlos. Me empieza a contar que él tiene cuarenta trajes suyos a medida. “Te lo puedes personalizar como quieras. Puedes escoger la tela, la solapa, los bolsillos, incluso el forro interior. Acompáñame por aquí.”. “Mira todos estos forros, tienes algo así a rayas más tradicional o estos estampados de calaveras, ya sabes, para darle un toque más cañero” — añade con una sonrisa. Ahora la cara de circunstancia es la mía. “Además, puedes grabar tus iniciales en el interior del traje. Incluso hay gente que se graba la fecha de su boda”. Sigue— “Lo suyo sería algo moderno, más ajustado para que te dé un toque más fresco. En definitiva, más italiano, que al fin y al cabo es lo que se lleva ahora.”

Ahora sí que ya desconecto completamente. En mi cabeza estoy pensando: “Vamos a ver, para empezar, ¿quién te ha dicho que yo quiero ser moderno? Segundo, ajustado lo único que tengo es el presupuesto. Y tercero, si me compro un traje a medida, tiene que ser de corte británico, por eso de que la elegancia la inventaron ellos.” Algo del estilo del príncipe Carlos, con el que por cierto, tengo muchísimas cosas en común, como que los dos nacimos en día y año par. Pero va el tío y me suelta que porque no me pongo unas calaveras para darle un toque más cañero. Y encima me pregunta que por qué no me caso. ¿Por qué será? Pues porque sería muy incómodo invitar a toda mi familia, gran parte del otro lado del charco, y a todos mis amigos y que me preguntaran ‘Dónde está la familia de ella?’ y tener que decirles ‘No hay familia de ella, porque no hay ella. He venido sólo’.”.

Pero mi cobardía me impide decir nada de eso. Más bien le digo «Es verdad, queda mucho mejor así como dices. Siempre me ha encantado el toque que le dan los italianos. Había pensado alguna vez en el estilo inglés, pero sin duda alguna el mejor es el italiano. Lo de las calaveras me lo pensaré, pero me gusta la idea, puede quedar muy chulo. A parte, yo siempre he sido un tipo bastante cañero jeje».

Definitivamente esta no es mi tienda. Me marcho a casa.


Un traje a medida es un mensaje al mundo, pero para confeccionar una prenda hecha sólo para ti hay que tomar muchas decisiones. ¿Qué tipo de traje me compro?, ¿Qué tela?, ¿Super 100’s, 120’s, 130’s?, ¿Me lo compro cruzado, como los que lleva el príncipe Carlos? También hay que escoger color, bolsillos, ojales, solapa, corte trasero, botones… y por no hablar del pantalón. Necesito que me asesoren, así que empiezo a buscar varias sastrerías hasta que encuentro una que me gusta. Entro a su página y veo que al fundador, un tipo de sesenta años, le han hecho una entrevista de treinta minutos, así que me sumerjo de lleno.

Él se define como camisero. Yo nunca había escuchado esa palabra, pensaba que sólo existía la palabra sastre. De hecho, el editor de texto que utilizo me la subraya en rojo como si se tratase de una falta de ortografía. En la entrevista, noto por encima de todo la pasión con la que habla de su oficio. “Es una satisfacción enorme el aprender cada día”. Su profesión, después de su familia, es lo que más lo llena en la vida. Y yo me pregunto — ¿cómo se puede competir contra alguien que le encanta lo que hace? ¿Qué haces cuando tu competencia es alguien que ha hecho de su oficio una afición? Una persona para la cual trabajar no es una carga sino “un gustazo”. Una persona para la cual una camisa no es una prenda sino una joya.

Luego habla de la escuela de antes, la que se perdió. Allí existían unas pautas muy especificas que te marcaban por donde tenías que ir. Él, que está agremiado, añade orgulloso — «Quedamos cuatro o cinco. Ahora todo el mundo ha hecho lo que le ha dado la gana y nadie se ha preocupado por aprender el oficio de principio a fin. La gente de antes conocía la técnica con todos sus secretos. Ellos  entendían el producto.”

Creo que para vender algo primero hay que persuadir. Y cada vez tengo más claro, que lo que persuade no es el producto, sino la persona. Por otro lado, creo que no se vende hablando, sino escuchando. La primera pregunta que se le debe hacer al cliente es “¿Quién eres?” y la segunda “¿Qué buscas?”. La respuesta puede variar entre dos minutos y tres semanas dependiendo de lo que se vende, pero es una pregunta necesaria y en la mayoría de casos no cuesta nada.

Personalmente, el sastre me ha persuadido, así que me apunto un recordatorio para hacerle una visita esta misma semana. Estoy convencido de que no me dirá directamente lo que necesito, sino que más bien me preguntará cosas como “¿a qué te dedicas?”, “¿lo quieres de invierno o verano?”, “¿es de uso diario o para ocasiones especiales?”, “¿de qué raza es el perro?” o “¿en serio te casas?”. A esto último le contestaré que “el amor no entiende de edades” y acompañaré esa frase con otra broma que aún tengo que pensar.


Admiro a la gente trabajadora que se exige a sí misma el máximo estándar de excelencia. Cuando funde mi gremio estará formado por personas que busquen la belleza. Personas obsesionadas por el buen gusto y que crean que la calidad está en los pequeños detalles. En mi gremio sólo habrán personas que sientan pasión por lo que hacen y que sepan que la perfección viene del amor. Estará formado por personas que quieran hacer las cosas bien, no por el qué dirán sino por una guerra interna que tendrán con ellos mismos y que no les dejará conciliar el sueño por la noche si tienen una mínima duda de que su producto se puede mejorar. Sólo habrán personas creativas que se entreguen en cuerpo y alma a su oficio y que tengan una incansable dedicación que les prohiba rendirse hasta que sientan que lo han dado absolutamente todo.

Creo firmemente que si uno ama lo que hace, se pueden lograr cosas maravillosas. Y pensándolo bien, ¿hay algo que dé más satisfacción que el trabajo bien hecho?