Mi gremio

Llevo varios meses dándole muchas vueltas y no ha sido una decisión nada fácil. A veces hay que saber aceptar verdades muy duras y remar a contracorriente para luchar por lo que sólo tú crees que es lo correcto. No hay vuelta atrás, la decisión está tomada. Me voy a comprar mi primer traje a medida.


Todo empieza hace un par de días. Estoy buscando una buena sastrería para arreglar dos trajes azul marino. Me los compré hace ya tres años en una tienda de ropa bastante reconocida para mi antiguo trabajo en una consultora, también muy reconocida. El único que no era reconocido en esa ecuación era yo. Pensé que junto al otro traje gris, que me compré para la confirmación, podría formar lo que yo llamaba la gran triada. Como ahora estoy un poco más delgado, los dos azules me quedan un poco grandes, así que tengo dos opciones, engordar o comprarme otro. Hay gente que se compra un traje de verano y otro de invierno. Yo tengo dos de gordo y uno de delgado.

Encuentro una sastrería italiana donde el dueño parece ser simpático, al menos eso es lo que destacaban la mayoría de reviews. Como es un día lluvioso y llevo los dos trajes, decido coger un taxi mientras intento aclararle algunas dudas por teléfono al becario que acabamos de contratar. Vaya, lo que se ha conocido toda la vida como “un hombre de negocios”. Otra versión de la misma historia es que trabajo en una pequeña empresa de tecnología y, al ser precisamente de tecnología, no me veo obligado a ir en traje. Pero creo que siempre es necesario tener al menos uno que te quede bien para las ocasiones importantes como las primeras reuniones con clientes, las bodas de gente cercana o los paseos con el perro de mi hermana (es un perro muy elitista). Entro en la tienda con mis dos trajes en sus respectivas fundas disculpándome por llegar doce minutos tarde a la cita que había reservado previamente. Al sastre, obviamente, no le digo nada de eso que yo soy hombre de negocios muy importante y que mi agenda hoy está abarrotada.

Voy a ponerme los trajes para que el joven sastre de treinta y largos pueda analizar cómo me sientan. Como aquí no sale muy bien parado, ocultaremos su nombre real y lo llamaremos Doménico. “… bueno, ¿cómo lo ves?” — le pregunto. Pone cara de circunstancia mientras busca una respuesta que no me falte al respeto, pero que tampoco falte a la verdad. “A ver, de hombros te queda bien, pero está un poco largo. Y esta manga está mal hecha, ¿te la han arreglado ya antes no?” — me dice. Si con esa cara me ha dicho que me queda un poco largo, es que me queda muy largo. Me pongo el otro y añade — “Este lo veo igual que el otro pero también está un poco desgastado por la parte de atrás, ¿pasas mucho tiempo sentado?”. Contesto a sus preguntas y le digo que los trajes prêt-à-porter no me suelen quedar bien y que por eso esperaba poder arreglarlos. Prosigue Doménico — “A ver, te los puedo arreglar y te quedarán bien, pero no te quedarán perfectos…”. Ayyy, como conoce mi debilidad, como hurga en la herida, como apunta dónde duele.

Resignado, no veo con otra que decirle: “…bueno, ¿y cuánto vale hacerme uno a medida?”. De repente le brillan los ojos. Al final, supongo que a Doménico lo que le gusta es hacer trajes, no arreglarlos. Me empieza a contar que él tiene cuarenta trajes suyos a medida. “Te lo puedes personalizar como quieras. Puedes escoger la tela, la solapa, los bolsillos, incluso el forro interior. Acompáñame por aquí.”. “Mira todos estos forros, tienes algo así a rayas más tradicional o estos estampados de calaveras, ya sabes, para darle un toque más cañero” — añade con una sonrisa. Ahora la cara de circunstancia es la mía. “Además, puedes grabar tus iniciales en el interior del traje. Incluso hay gente que se graba la fecha de su boda”. Sigue— “Lo suyo sería algo moderno, más ajustado para que te dé un toque más fresco. En definitiva, más italiano, que al fin y al cabo es lo que se lleva ahora.”

Ahora sí que ya desconecto completamente. En mi cabeza estoy pensando: “Vamos a ver, para empezar, ¿quién te ha dicho que yo quiero ser moderno? Segundo, ajustado lo único que tengo es el presupuesto. Y tercero, si me compro un traje a medida, tiene que ser de corte británico, por eso de que la elegancia la inventaron ellos.” Algo del estilo del príncipe Carlos, con el que por cierto, tengo muchísimas cosas en común, como que los dos nacimos en día y año par. Pero va el tío y me suelta que porque no me pongo unas calaveras para darle un toque más cañero. Y encima me pregunta que por qué no me caso. ¿Por qué será? Pues porque sería muy incómodo invitar a toda mi familia, gran parte del otro lado del charco, y a todos mis amigos y que me preguntaran ‘Dónde está la familia de ella?’ y tener que decirles ‘No hay familia de ella, porque no hay ella. He venido sólo’.”.

Pero mi cobardía me impide decir nada de eso. Más bien le digo «Es verdad, queda mucho mejor así como dices. Siempre me ha encantado el toque que le dan los italianos. Había pensado alguna vez en el estilo inglés, pero sin duda alguna el mejor es el italiano. Lo de las calaveras me lo pensaré, pero me gusta la idea, puede quedar muy chulo. A parte, yo siempre he sido un tipo bastante cañero jeje».

Definitivamente esta no es mi tienda. Me marcho a casa.


Un traje a medida es un mensaje al mundo, pero para confeccionar una prenda hecha sólo para ti hay que tomar muchas decisiones. ¿Qué tipo de traje me compro?, ¿Qué tela?, ¿Super 100’s, 120’s, 130’s?, ¿Me lo compro cruzado, como los que lleva el príncipe Carlos? También hay que escoger color, bolsillos, ojales, solapa, corte trasero, botones… y por no hablar del pantalón. Necesito que me asesoren, así que empiezo a buscar varias sastrerías hasta que encuentro una que me gusta. Entro a su página y veo que al fundador, un tipo de sesenta años, le han hecho una entrevista de treinta minutos, así que me sumerjo de lleno.

Él se define como camisero. Yo nunca había escuchado esa palabra, pensaba que sólo existía la palabra sastre. De hecho, el editor de texto que utilizo me la subraya en rojo como si se tratase de una falta de ortografía. En la entrevista, noto por encima de todo la pasión con la que habla de su oficio. “Es una satisfacción enorme el aprender cada día”. Su profesión, después de su familia, es lo que más lo llena en la vida. Y yo me pregunto — ¿cómo se puede competir contra alguien que le encanta lo que hace? ¿Qué haces cuando tu competencia es alguien que ha hecho de su oficio una afición? Una persona para la cual trabajar no es una carga sino “un gustazo”. Una persona para la cual una camisa no es una prenda sino una joya.

Luego habla de la escuela de antes, la que se perdió. Allí existían unas pautas muy especificas que te marcaban por donde tenías que ir. Él, que está agremiado, añade orgulloso — «Quedamos cuatro o cinco. Ahora todo el mundo ha hecho lo que le ha dado la gana y nadie se ha preocupado por aprender el oficio de principio a fin. La gente de antes conocía la técnica con todos sus secretos. Ellos  entendían el producto.”

Creo que para vender algo primero hay que persuadir. Y cada vez tengo más claro, que lo que persuade no es el producto, sino la persona. Por otro lado, creo que no se vende hablando, sino escuchando. La primera pregunta que se le debe hacer al cliente es “¿Quién eres?” y la segunda “¿Qué buscas?”. La respuesta puede variar entre dos minutos y tres semanas dependiendo de lo que se vende, pero es una pregunta necesaria y en la mayoría de casos no cuesta nada.

Personalmente, el sastre me ha persuadido, así que me apunto un recordatorio para hacerle una visita esta misma semana. Estoy convencido de que no me dirá directamente lo que necesito, sino que más bien me preguntará cosas como “¿a qué te dedicas?”, “¿lo quieres de invierno o verano?”, “¿es de uso diario o para ocasiones especiales?”, “¿de qué raza es el perro?” o “¿en serio te casas?”. A esto último le contestaré que “el amor no entiende de edades” y acompañaré esa frase con otra broma que aún tengo que pensar.


Admiro a la gente trabajadora que se exige a sí misma el máximo estándar de excelencia. Cuando funde mi gremio estará formado por personas que busquen la belleza. Personas obsesionadas por el buen gusto y que crean que la calidad está en los pequeños detalles. En mi gremio sólo habrán personas que sientan pasión por lo que hacen y que sepan que la perfección viene del amor. Estará formado por personas que quieran hacer las cosas bien, no por el qué dirán sino por una guerra interna que tendrán con ellos mismos y que no les dejará conciliar el sueño por la noche si tienen una mínima duda de que su producto se puede mejorar. Sólo habrán personas creativas que se entreguen en cuerpo y alma a su oficio y que tengan una incansable dedicación que les prohiba rendirse hasta que sientan que lo han dado absolutamente todo.

Creo firmemente que si uno ama lo que hace, se pueden lograr cosas maravillosas. Y pensándolo bien, ¿hay algo que dé más satisfacción que el trabajo bien hecho?

Autor: Fede Buldin

Sin profundidad y sin temática, pero con mucho estilo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s