Nada de eso importa

Dice Bong Joon-Ho que una vez superemos la barrera descubriremos un mundo maravilloso. La barrera a la que se refiere son los subtítulos y el mundo del que habla es el mundo de cine. ¿La película? Parásitos.

Me la han vendido muy bien y le tengo muchas ganas. Convenzo a un amigo para ir a verla a Cines Verdi a las 20:05. Nos sentimos tan invencibles que no nos dejamos intimidar por el diluvio que está cayendo desde las tres de la tarde. Vamos en coche hasta Gracia y tenemos la suerte de poder aparcar relativamente rápido. Digo suerte porque encontrar un sitio para aparcar por Gracia a veces puede ser más difícil que encontrar el amor en una fiesta de Dan Bilzerian. Pero chico, quien no arriesga no gana.

Las entradas para la película no son numeradas, pero nuestra gran hazaña nos permite llegar con bastante antelación y conseguir un buen sitio. Empiezan los créditos iniciales y con ellos llega la primera sorpresa de noche: “WHAT!?¿Qué son esos símbolos? No me creo que me hayas traído a ver una película en coreano” — me reclama mi amigo entre risas.

Hace mucho no me enganchaba tanto una película. No haré spoilers pero sí diré que es una película muy humana. No hay buenos ni malos. No sientes lástima, ni sientes admiración. No los criticas ni tampoco los justificas. Son sólo cuatro miembros de una familia que buscan una forma de ganarse la vida. Salimos del cine y sigue lloviendo (¿cuándo dejará de llover en mis posts?). Me dice mi amigo — “Qué peli más rara”. “A mí también me ha encantado” — le contesto.

Llego a casa y me entero de la segunda sorpresa de la noche, Fallece Kobe Bryant en un accidente de helicóptero a los cuarenta y un años de edad. Me entristece mucho porque, aunque no haya visto ni un sólo partido de Kobe en mi vida, sí que lo había visto hablar varias veces y siempre me ha parecido un muy buen tipo. Leo también que los coronavirus se están propagando cada vez más. Pienso en la fragilidad de la vida y me voy a la cama con mal cuerpo.


Estoy en la revisión con el médico. Me dice que me van a tener que hacer más sesiones del tratamiento antes y después de la cirugía. Me desanimo un poco. Un poco bastante. No me lo esperaba. Probablemente ya me lo había dicho en otra consulta y no me acordaba. El caso es que me había puesto expectativas, y ya sabéis lo que dicen, cuando la realidad es peor que la expectativa, te vienes abajo. Pero nada más salir de la consulta pienso— “¿tan frágil eres que a la mínima que cambia un poco el panorama te afecta tanto?”.

Yo quiero poder adaptarme a cualquier imprevisto. Quiero ser como los estoicos romanos, es decir, tener la paz interior de los budistas pero con las pelotas de los espartanos. Y para eso me debería de dar igual si son cuatro, ocho, veinte o quinientas sesiones. Me tiene que dar igual si después de esto no me curo. Me tiene que dar igual que me cure y que al cabo de unos años me vuelvan a diagnosticar cáncer y tenga que empezar de cero. Me tiene que dar igual que mi empresa quiebre. Me tiene que dar igual que venga un huracán y destruya mi casa llevándose todas mis pertenencias. Me tiene que dar igual que las personas que más admiro en este mundo me digan que no valgo para nada. Me tiene que dar igual, porque al final de todo, sé que el sol volverá a salir.

Pero ojo, que me dé igual el resultado no significa que no me deje la piel luchando. Arrepentirte de no haberlo dado todo puede que sea de los sentimientos más tristes que se puedan experimentar. Lo que tengo claro es que si lucho, lo tengo que hacer con una sonrisa en la cara. Si no me lo paso bien en el camino, nada de esto tiene sentido. El placer de la victoria es demasiado efímero y lo único que permanece es la lucha.

Mis paranoias me devuelven el estado de ánimo. Ya vuelvo a estar motivado. Qué fácil es engañarse. Me subo a la moto con el cuchillo entre los dientes y con dos o tres revoluciones de más para ir a la oficina como quien se dirige a la guerra dispuesto a morir por sus ideales.


Quizás la gracia de todo esto esté en centrarse en el proceso y no en el resultado. Cuando la felicidad depende del resultado, uno es tan frágil como una copa de cristal. Ante cualquier evento inesperado, sea un accidente de tráfico que te deje en silla de ruedas, una muerte de un ser querido o una enfermedad grave, se tuerce el plan y en cuestión de segundos se desmorona todo sin que se pueda hacer nada al respecto.

Así que puede que ir por la vida sin un plan no sea una actitud de vagos, sino más bien de valientes. Puede que los valientes no sean los que lo tienen todo calculado sino los que se adaptan, los que en cada problema ven una oportunidad, los que saben enfrentarse al desastre con la cabeza alta, los que se aferran a la vida (como los parásitos de la película), los que aún sin saber dónde van a dormir esa noche, salen a la calle a comerse el mundo. Los que improvisan, los que no esperan nada, los que se sienten cómodos en mitad del caos, los que no le echan la culpa a nadie si todo su mundo se derrumba delante de sus narices. Y ahora que lo pienso, también puede que sean los más listos porque, como no tienen rumbo, cualquier dirección para ellos es la correcta.

Yo no sé si seré un vago o un valiente. Lo único que sé es que en la vida hay sorpresas como los cánceres, los accidentes de helicóptero o los coronavirus, que son poco probables, pero cuando ocurren, te cambian la vida por completo.

«Ki-woo, ¿sabes cuál es el plan que nunca falla? No tener ningún plan. ¿Sabes por qué? Porque la vida no se puede planificar. Mira a nuestro alrededor. ¿Acaso esta gente planificó que iba a acabar aquí? No. Pero mira ahora. Están durmiendo en el suelo, incluidos nosotros. Por eso la gente no debería hacer planes. Sin un plan, nada puede salir mal. Da igual lo que pase en el futuro. Da igual lo que pase con nuestro país. No importa. Nada de eso importa. ¿Entiendes?»

Autor: Fede Buldin

Sin profundidad y sin temática, pero con mucho estilo.

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