Si quedara poco tiempo

En estos días de quedarse en casa he estado pensando en la importancia de no perder el tiempo. En mi caso, estoy intentando hacer deporte para que me salgan por fin los ansiados abdominales. Sin embargo, no acabo de entender porque no quieren salir. Deben estar en cuarentena también.


Tengo la suerte de tener una muy buena relación con mis padres. Nos reímos y cantamos mucho y por la noche solemos ver pelis.

Estamos en el salón e intento convencer a mi madre, que es más de comedias románticas modernas, el porque deberíamos de ver El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962)en vez de «no sé… una de este siglo, o al menos algo de los últimos 50 años, pero no me pongas pelis de antes de que yo naciera». Palabras textuales.

Ya hemos visto unas diez películas clásicas. La única peli contemporánea, que no moderna, que hemos visto ha sido El crack cero (José Luis Garci, 2019). No la puedo recomendar lo suficiente aunque, por sorpresa para mi madre, también es en blanco y negro. Tiene muchas frases memorables pero destaco la siguiente respuesta que le da Johny Olas al detective Areta después de que este último le dijese en tono amistoso que no le quería hacer perder el tiempo. Cito de cabeza:

«Espera un momento, ¿quién te ha dicho a ti que no puedo permitirme perder el tiempo? Yo soy Johny Olas y hago lo que me da la gana. ¿Comprendes?»

Brutal.


Como os decía al principio, en estos tiempos de cuarenta he pensado en la importancia de no perder el tiempo. Mi conclusión es firme, no pasa nada por perder el tiempo. Es más, ¿acaso no es una condena el obligarte a hacer algo? ¿No podemos simplemente no hacer nada? ¿Por qué tenemos la necesidad de siempre estar haciendo algo? ¿Será por qué nos da miedo estar solos con nosotros mismos e intentamos huir de ese encuentro refugiándonos en el trabajo, amigos y hobbies? Me estoy poniendo demasiado filosófico pedante, lo sé y lo siento. Me he calentado. Creo que empieza a pasarme factura esta cuarentena.

También me he llegado a plantear qué diferencias habría entre estar en cuarentena y estar en una cárcel. Tal y como lo veo yo, no cambian muchas cosas, pero tampoco es que me apetezca comprobarlo. Si por cuestiones del azar yo algún día piso la cárcel, probablemente sea por bajarme alguna peli clásica de forma ilegal o por hacer alguna tontería para impresionar a alguna niña en algún país asiático cuyas leyes no se andaran con rodeos. Sin embargo, para los que me conocéis un poco, sabéis que soy la viva definición de lo que se suele llamar «un buen chico». Y los que me conocéis un poco más, pues a ver, entiendo que tengáis vuestras dudas.

Pero volviendo al tema, ¿cuando se es realmente libre? ¿Es simplemente un estado mental? Yo siempre he pensado que la mayoría de limitaciones que tenemos son producto de nuestra mente. Esa cárcel de la que hablas sólo existe en tu cabeza, amigo. Como decía Andy Dufresne en Cadena Perpetua (Frank Darabont, 1994), «Todo se reduce a una simple elección, empeñarse en vivir o empeñarse en morir.»

Mientras escribo esto, me aseguro que esté citando correctamente las pelis. Un escritor novato como yo no se puede permitir cometer el mismo fallo tres veces. Por suerte, la he clavado, está todo bien. ¡Y yo con ganas de domar mi ego en esta cuarentena!


Definitivamente hay muchas preguntas y pocas respuestas. La gente dice que todo saldrá bien, pero es mentira, nadie lo sabe. Yo estoy cómodo con la duda y no necesito que nadie me dé falsas esperanzas. Sería gracioso y a la vez triste que esto fuera el final de nuestro pequeño e insignificante mundo. Pero a la vez, estoy tranquilo porque sé que si quedara poco tiempo haría lo mismo que estoy haciendo ahora. Estaría intentando encontrar mis abdominales y estaría en casa disfrutando con mi familia, que, al fin y al cabo, es a quien más quiero.

«A fit body, a calm mind, a house full of love. These things cannot be bought, they must be earned.» – Naval Ravikant

Los que hablan poco

Una de las cosas de las que más me avergüenzo es lo mucho que me cuesta guardar ciertos secretos. Quizás es porque desde pequeño he tenido la necesidad de impresionar a los demás. Supongo que por eso dicen que si quieres que todo el mundo se entere de algo, tienes que asegurarte de decir que no se puede contar.


Aparte de alguna que otra chica, hay pocas cosas en mi vida adulta que me hayan hecho llorar. Una de esas pocas cosas es la historia de Sir Nicholas Winton. Me emociono cada vez que veo el video. Se trata de un hombre que salvó la vida a seiscientos sesenta y nueve niños durante el holocausto. Su gran hazaña permaneció en secreto durante cincuenta años. Es decir, durante medio siglo se iba a la cama sin necesidad de que nadie le aplaudiera, lo reconociera o incluso le agradeciese por una de las labores más heroicas de la historia de la humanidad.

Pero como la mayoría de secretos, este también sale al descubierto. Por cuestiones del azar, un día su mujer, Greta, encuentra un maletín escondido en casa y se pone a cotillear los papeles que hay dentro. Ahí es donde da con una lista de seiscientos sesenta y nueve niños con sus nombres y apellidos y sus respectivas fotos. Sir Nicholas Winton no tiene más remedio que explicarle a su mujer la gran hazaña que decidió esconder al mundo durante tanto tiempo.

Vivió ciento seis años. Quizás su buena salud se debió a su gran corazón. Siempre he pensado que existe una paz interior fruto de haber obrado bien sin tener la necesidad de decírselo a nadie al día siguiente. Al fin de cuentas, supongo que al único que le debes explicaciones es a ti mismo. Pero todos sabemos que estos secretos donde uno sale bien parado son los más difíciles de guardar, y más cuando la persona a cargo del secreto es tan vanidosa como yo.


Cada vez me fijo más en los hábitos. Quizás nuestra seña de identidad no es ni de dónde venimos, ni a lo que nos dedicamos, ni nuestro número de followers, sino lo que hacemos cada día sin decírselo a nadie. Yo no admiro a una persona por algo que haya hecho en un momento concreto, por muy heroica que haya sido la gesta. Lo que de verdad hace que te obsesiones por una persona es por su constancia, porque te ha demostrado que, cuando llegue la batalla y no haya vuelta atrás, estará a tu lado luchando con una sonrisa. Puedes engañar a la gente un día, incluso dos, pero no la puedes engañar toda la vida.

Somos organismos en constante evolución. Es decir, que si no te mueves, no es que te quedes quieto, sino que vas para atrás. Es por eso que para mi el rico no es el que tiene mucho dinero, sino el que tiene el hábito de gastar menos de lo que gana. El listo no es el que sabe mucho sino el que tiene el hábito de predicar menos de lo que aprende. Y quizás una persona integra se pueda definir como la que, si sus amigos la conociesen mejor, la querrían aún más.

Así que escúchame bien, amigo. En la vida, no eres lo que enseñas, sino lo que ocultas. Por eso tienes que tener especial cuidado con los que hablan poco. Porque mientras tú hablas, ellos te analizan, y cuando ya has mostrado todas tus cartas, ellos ya te han ganado la partida.

Lo verdaderamente complejo

Durante la segunda guerra mundial, Winston Churchillse dirigió a su antiguo regimiento, The 4th Queen’s Own Hussars, para recordarles la importancia de escribir informes breves y directos — “Las palabras cortas son las mejores, y si son cortas y antiguas, son mejores aún”. Tal era la obsesión del British Bulldog por lo sencillo que llegó a escribir una pequeña historia de ochocientas palabras utilizando solamente monosílabos exceptuando únicamente dos palabras: «Winston» y «Churchill».


Me decía un buen amigo que se esperaba algo más tras mi primera entrada, «no has utilizado ninguna palabra compleja» — me decía. Le di la misma respuesta que le dio Hemingway a Faulkner, después de que este último le acusara de no haber utilizado nunca una palabra que hubiese mandado al lector al diccionario. Papa Hem le contestó — «pobre Faulkner, se piensa que las grandes emociones vienen de las grandes palabras.» A día de hoy aún se lo recuerdo a mi amigo.

Hay gente que complica el lenguaje para parecer interesante. Yo siempre he pensado que toda creación debe parecer natural sin que se note el esfuerzo que hay detrás. Si algo es sencillo, es limpio, y si es limpio es bonito. Y eso es lo mas importante para los frívolos que nos arropamos bajo el lema «Sin estética no puede haber ética».

Aún así, parece que el concepto de la sencillez se extiende más allá de la literatura. Johan Cruyff decía que “lo difícil del fútbol es hacerlo fácil”. Coco Chanel presumía de su estilo revolucionario afirmando que “la sencillez es la clave de la elegancia”, rebelándose así contra los vestidos y sombreros ultra-recargados de la época. Y también Albert Einstein aseguraba que había que explicar las complejísimas teorías de la física “de la forma más sencilla posible, pero no más sencillo”. Este último matiz de Einstein parece que no ha acabado de calar en el mundo del arte abstracto. Un claro ejemplo de esto es el plátano pegado a la pared con cinta adhesiva (¿cuándo acabará esta locura?).

Admiro la elegancia con la que algunos aventurados dejan en evidencia esta triste decadencia de valores. Supongo que habrán miles de héroes anónimos luchando contra el posmodernismo, pero mis preferidos son los siguientes tres. El primero es el que puso sus gafas en el suelo en una exposición y en cuestión de minutos había captado la atención de varios visitantes. El segundo es el que llevó un vino de tetrabrik para que lo cataran “los más entendidos” de la enología. Y el tercero es el que trajo un cuadro de IKEA valorado en 10€ y lo colocó en mitad de otra exposición de arte para que, una vez más, “los entendidos” tasaran el precio. La locura llegó a unos niveles imaginables cuando uno de “los entendidos” dijo que “pagar más de 2,5M€ por el cuadro sería demasiado”. Luego, cuando les hacen saber que el reconocido artista sueco “IKE Andrews” no existe y es un nombre inventado a partir de las letras de IKEA, la humillación ya es atroz.


Para mí, el camino más rápido a la sencillez es la brevedad. Por ejemplo, hay libros que tienen una gran idea pero que se puede explicar con detalle en no más de diez páginas. Sin embargo, la necesidad del autor por presentarse como intelectual y su afán desmedido por parecer sofisticado hace que el libro llegue a más de trescientas páginas llenas de complejidad innecesaria. Quizás esa sea la gran diferencia entre los libros que da gusto leer y los libros que da gusto acabar.

Me acuerdo cuando en el colegio nos obligaban a leer los clásicos. Recuerdo haberme leído alguno que otro, no porque fueran obras maestras de la literatura española, sino porque pensaba “seguro que entra en el examen del lunes”. Recuerdo el sufrimiento de intentar acabarme alguno de estos libros antes de la fecha límite. Cuando ya veía claro que no llegaba, decidía abandonarlo y leerme el resumen en El Rincón del Vago. Y siendo del todo sincero, los días que me sentía vago de verdad me hacía amigo de la chica que sí se lo había leído y me acercaba con el pretexto de comparar las conclusiones que habíamos sacado cada uno y, claro, de esta forma nos asegurábamos de que ninguno de los dos había pasado algo importante por alto. “Eso sería fatal” — le decía. En fin, así eran mis intentos desesperados de entender una novela de quinientas páginas en cinco minutos.

Lo gracioso de todo esto es que cuando te haces mayor, sí que te apetece leerlos y los disfrutas de verdad. Y estoy convencido de que los disfruto porque mi interés hacia ellos nace de una curiosidad ingenua que no tiene más aspiraciones que disfrutar de la lectura. Y es que si no te nace de dentro y te tienes que obligar, lo mejor es que dediques tu tiempo a otra cosa.


Está claro que forzar las cosas casi nunca trae nada bueno y que realmente se aprende más cuando las ideas, aunque complejas y llenas de matices, se presentan de forma sencilla. Por eso admiro a los personajes como Churchill que logran mostrar su visión del mundo sin que parezca que se hayan esforzado demasiado. Y eso, al menos para mí, es lo verdaderamente complejo.

— What’s your heart telling you to do?

— I don’t know.

— Well, maybe you’re trying too hard to hear it.