Lo verdaderamente complejo

Durante la segunda guerra mundial, Winston Churchillse dirigió a su antiguo regimiento, The 4th Queen’s Own Hussars, para recordarles la importancia de escribir informes breves y directos — “Las palabras cortas son las mejores, y si son cortas y antiguas, son mejores aún”. Tal era la obsesión del British Bulldog por lo sencillo que llegó a escribir una pequeña historia de ochocientas palabras utilizando solamente monosílabos exceptuando únicamente dos palabras: «Winston» y «Churchill».


Me decía un buen amigo que se esperaba algo más tras mi primera entrada, «no has utilizado ninguna palabra compleja» — me decía. Le di la misma respuesta que le dio Hemingway a Faulkner, después de que este último le acusara de no haber utilizado nunca una palabra que hubiese mandado al lector al diccionario. Papa Hem le contestó — «pobre Faulkner, se piensa que las grandes emociones vienen de las grandes palabras.» A día de hoy aún se lo recuerdo a mi amigo.

Hay gente que complica el lenguaje para parecer interesante. Yo siempre he pensado que toda creación debe parecer natural sin que se note el esfuerzo que hay detrás. Si algo es sencillo, es limpio, y si es limpio es bonito. Y eso es lo mas importante para los frívolos que nos arropamos bajo el lema «Sin estética no puede haber ética».

Aún así, parece que el concepto de la sencillez se extiende más allá de la literatura. Johan Cruyff decía que “lo difícil del fútbol es hacerlo fácil”. Coco Chanel presumía de su estilo revolucionario afirmando que “la sencillez es la clave de la elegancia”, rebelándose así contra los vestidos y sombreros ultra-recargados de la época. Y también Albert Einstein aseguraba que había que explicar las complejísimas teorías de la física “de la forma más sencilla posible, pero no más sencillo”. Este último matiz de Einstein parece que no ha acabado de calar en el mundo del arte abstracto. Un claro ejemplo de esto es el plátano pegado a la pared con cinta adhesiva (¿cuándo acabará esta locura?).

Admiro la elegancia con la que algunos aventurados dejan en evidencia esta triste decadencia de valores. Supongo que habrán miles de héroes anónimos luchando contra el posmodernismo, pero mis preferidos son los siguientes tres. El primero es el que puso sus gafas en el suelo en una exposición y en cuestión de minutos había captado la atención de varios visitantes. El segundo es el que llevó un vino de tetrabrik para que lo cataran “los más entendidos” de la enología. Y el tercero es el que trajo un cuadro de IKEA valorado en 10€ y lo colocó en mitad de otra exposición de arte para que, una vez más, “los entendidos” tasaran el precio. La locura llegó a unos niveles imaginables cuando uno de “los entendidos” dijo que “pagar más de 2,5M€ por el cuadro sería demasiado”. Luego, cuando les hacen saber que el reconocido artista sueco “IKE Andrews” no existe y es un nombre inventado a partir de las letras de IKEA, la humillación ya es atroz.


Para mí, el camino más rápido a la sencillez es la brevedad. Por ejemplo, hay libros que tienen una gran idea pero que se puede explicar con detalle en no más de diez páginas. Sin embargo, la necesidad del autor por presentarse como intelectual y su afán desmedido por parecer sofisticado hace que el libro llegue a más de trescientas páginas llenas de complejidad innecesaria. Quizás esa sea la gran diferencia entre los libros que da gusto leer y los libros que da gusto acabar.

Me acuerdo cuando en el colegio nos obligaban a leer los clásicos. Recuerdo haberme leído alguno que otro, no porque fueran obras maestras de la literatura española, sino porque pensaba “seguro que entra en el examen del lunes”. Recuerdo el sufrimiento de intentar acabarme alguno de estos libros antes de la fecha límite. Cuando ya veía claro que no llegaba, decidía abandonarlo y leerme el resumen en El Rincón del Vago. Y siendo del todo sincero, los días que me sentía vago de verdad me hacía amigo de la chica que sí se lo había leído y me acercaba con el pretexto de comparar las conclusiones que habíamos sacado cada uno y, claro, de esta forma nos asegurábamos de que ninguno de los dos había pasado algo importante por alto. “Eso sería fatal” — le decía. En fin, así eran mis intentos desesperados de entender una novela de quinientas páginas en cinco minutos.

Lo gracioso de todo esto es que cuando te haces mayor, sí que te apetece leerlos y los disfrutas de verdad. Y estoy convencido de que los disfruto porque mi interés hacia ellos nace de una curiosidad ingenua que no tiene más aspiraciones que disfrutar de la lectura. Y es que si no te nace de dentro y te tienes que obligar, lo mejor es que dediques tu tiempo a otra cosa.


Está claro que forzar las cosas casi nunca trae nada bueno y que realmente se aprende más cuando las ideas, aunque complejas y llenas de matices, se presentan de forma sencilla. Por eso admiro a los personajes como Churchill que logran mostrar su visión del mundo sin que parezca que se hayan esforzado demasiado. Y eso, al menos para mí, es lo verdaderamente complejo.

— What’s your heart telling you to do?

— I don’t know.

— Well, maybe you’re trying too hard to hear it.

Autor: Fede Buldin

Sin profundidad y sin temática, pero con mucho estilo.

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