Mi gran batalla

Hay muchos artículos en Internet que hablan sobre el impacto que tiene el estado de ánimo a la hora de superar un cáncer. Todos parecen coincidir. Si el paciente muestra la actitud correcta, las probabilidades de curarse son más altas. Sin embargo, yo no lo me lo acabo de creer.

Creo que todas estas teorías con aires esperanzadores se basan en un optimismo sin fundamento cuyo objetivo es hacerle la vida más llevadera al paciente. No soy del todo reacio, puede que la actitud afecte al sistema inmune, pero desde luego el factor es tan pequeño que lo considero inexistente. ¿Acaso era importante la actitud para los fallecidos por corona virus? ¿Los que se mueren por el virus no tenían la actitud correcta? ¿Y los que se mueren de cáncer?


Últimamente pienso que mi supervivencia depende más de los oncólogos, cirujanos y enfermeros que de mí mismo. No me gusta cuando se dice que alguien «ha perdido la batalla» contra el cáncer. Cuando a alguien le detectan un cáncer terminal hay poco que pueda hacer al respecto para superarlo. Eso no es una batalla. Hay veces que no se puede hacer nada más que mantener la calma ante el caprichoso azar.

Si yo me curo de mi cáncer, no soy yo el que debería de llevarse la medalla ante semejante logro, ya que yo no he hecho nada. Lo único que he aportado ha sido una sonrisa, y las sonrisas no ganan estas batallas.

También he recibido muchos mensajes de apoyo. Estaré eternamente agradecido a todo aquel que se ha preocupado por mí. Algunos me dicen que soy un valiente, pero yo no soy ningún valiente por tener cáncer (lo soy por otras cosas que ahora no vienen a cuento).


Siento que estoy en una batalla, pero no sé contra qué estoy luchando. Quizás la batalla la estoy librando contra la desesperación y en ese duelo solo podré salir victorioso si logro mantener la calma ante toda esta locura. O puede que mi gran batalla consista en no caer en el victimismo, en no utilizar mi circunstancia como excusa, porque eso es muy fácil. A veces demasiado fácil, porque aunque muestre una sonrisa ante todos, hay dolor, hay miedo y hay incertidumbre.

He llegado a sentir impotencia por no poder hacer nada al respecto. Pero por suerte para mí existe esta nueva batalla que me mantiene vivo. La de no venirse abajo. La de apreciar la vida y no darla por supuesta. Nada puede servir de excusa para no apreciarla y no dar amor. Y me refiero al amor de verdad, no a ese amor de “quiero que seas feliz pero sólo si yo contribuyo a tu felicidad”, sino al de “quiero que seas feliz sin que importe nada más”.


Me preguntaron el otro día, “¿cuándo crees que volverá todo a la normalidad?” Con voz de detective de novela negra contesté, “Muñeca, eso a lo que tú llamas normalidad nunca existió.” También me preguntaron si creía en la suerte. A esto último no me acuerdo qué contesté ni con qué voz lo hice.

De hecho, no sé lo que es la suerte exactamente pero sí sé que creo en ella. No desde el punto de vista de un vago que cree que nada depende de él pero sí en el sentido de que los resultados no siempre se pueden controlar. Gran parte de nuestra vida es azar y puede que nuestras acciones no tengan tanta importancia como nos gustaría pensar. A veces me da miedo todo lo que depende del azar.

Por eso creo que me debo centrar en las cosas que sí están bajo mi control y esperar con serenidad a que el destino me reparta un par de ases para no perder todas mis fichas. Y, sobretodo, es importante que me centre en entender mi situación con mucha perspectiva ya que siempre te puede ir peor. Hay gente que lo está pasando bastante peor que yo y, sin embargo, se mantienen fuertes. Si ellos son capaces de aguantar, yo también.

A fin de cuentas, mi vida es muy cómoda. Vivo con mis padres, tengo unos amigos fantásticos y vivo en un país encantador. Detrás de estas fortalezas todo es muy sencillo, y al ser tan sencillo puede que mi gran batalla ni sea grande ni sea batalla.

“I busted a mirror and got seven years of bad luck, but my lawyer thinks he can get me five.” — Steven Wright