El día de mi suerte

Hace 8 meses que me detectaron el cáncer ya. Menudo viaje. Me he dado cuenta de algunas cosas que por lo general ya sabía pero no les daba suficiente importancia. Ahora supongo que las tengo más presentes aunque, como todo en la vida, será algo temporal.

Os comparto algunas de las ideas que me han quitado el sueño estos meses para ver si de esta forma consigo aplicarme algo de lo que predico.

1. No perder el tiempo

“You want to live — but do you know how to live? You are scared of dying — and, tell me, is that kind of life you lead really any different from being dead” – Seneca

No puedo perder el tiempo haciendo cosas que no quiero hacer, porque el tiempo es de lo que se compone la vida. A veces vivo como si no fuera a morir nunca. O lo que es lo mismo, me muero como si no hubiese vivido nunca.

Decía Confucio que todo el mundo tiene dos vidas y que la segunda vida empieza cuando te das cuenta de que sólo tienes una. El tiempo pasa volando, hoy tengo 26 años pero hace tan sólo un par de días tenía 20.

Uno de mis grandes ídolos decía que daría todo su patrimonio (~$20M USD) por ser 3 años más joven (tiene 46). No me imagino lo que daría por tener 26. O lo que darían Buffet, Gates u Ortega (Amancio, no Smith) por volver a ser jóvenes. Si pudieran cambiar su edad a cambio de su riqueza, dudo que no lo hicieran.

Tengo algo más preciado que todos esos grandes nombres juntos.

2. Sólo existe el ahora

“I’m living like there is no tomorrow, because there isn’t one.” – Don Draper

Algunas personas, muy bien intencionadas, se han preocupado por mí y me han intentado animar diciendo «ya queda poco».

Pensaba: “¿Queda poco para qué? ¿Para volver a ser feliz? ¿Para volver a ser normal? ¿Acaso lo estoy pasando mal?”

No puedo esperar a que termine el tratamiento para estar bien. Tengo que estarlo desde ya. Si no eres capaz de ser fuerte en la enfermedad, tampoco lo serás cuando tengas salud. Si no estás en paz cuando estás solo en tu habitación comiendo techo luchando contra tus crisis existenciales, tampoco lo serás cuando lo tengas todo más claro.

Si no eres feliz ahora, no lo serás cuando tengas pareja, hijos o perro. Tampoco cuando tengas fama o dinero. No hay nada ahí afuera que te pueda ayudar en esa misión. La fortaleza mental es lo más importante y, por suerte, sólo depende de ti.

Tampoco puedo seguir viviendo en modo provisional, pensándome que mi vida, mi verdadera vida, aún no ha llegado. Porque mientras tú estás soñando, la vida se te escapa. Y muy rápido.

Chico, si buscabas el momento perfecto para besarla, era ese.

3. Control de las emociones

“Desire is a contract that you make with yourself to be unhappy until you get what you want.” – Naval Ravikant

He aprendido que no soy lo que pienso, ni lo que siento, ni tampoco lo que deseo. Esas cosas no definen mi identidad. Y no las definen por una simple razón. No tengo una identidad definida. Como diría Patrick Bateman: «I simply am not there».

Me gusta la analogía del cielo para entender quién soy. Imaginaros un cielo. Sobre ese cielo pueden venir nubes. Esas nubes son los pensamientos y emociones. Pero yo soy el cielo, no las nubes. Las nubes se van eventualmente, el cielo permanece. Pasándolo a limpio, tengo sentimientos y emociones, pero no dejo que estos escriban el guión de mi vida.

También tengo que tener cuidado con lo que deseo, porque el deseo se puede convertir en una condena mortal. A los simios aún nos cuesta demasiado mantener a raya tanta dopamina y tantos estímulos. Tu mente no es tu amiga, amigo.

Además, es bien sabido que controlar tus emociones es una cuestión de educación.

4. Nunca quejarse

“When you complain, you make yourself a victim. Leave the situation, change the situation, or accept it. All else is madness.” – Eckhart Tolle

Mi mundo se divide en dos tipos de personas: llorones y luchadores.

Siempre hay alguien que le está yendo peor que a ti. Aún así, en las peores condiciones imaginables, yo no veo víctimas, veo sobrevivientes. Ver a una persona como víctima es faltarle a la dignidad.

Hay que recordar que en toda la historia de la tierra, la extinción siempre ha sido la regla y la supervivencia la excepción. Así que agradece que puedas disfrutar de este mundo un día más sin que te coman los leones.

Si te quejas todo el día, llegará un día donde serás tan bueno quejándote que nadie te podrá rebatir tus quejas. Pero no por ello tendrás razón. También es cierto que quien no llora no mama y que quizás con esa estrategia consigas que te hagan caso. Pero no quita lo esencial. Seguirás siendo un llorón. Como dice un gran amigo mío: “Sobran excusas y faltan pelotas”.

Yo tendré millones de defectos, pero nunca seré un llorón.

5. Alegría y humor

“Be happy for no reason, like a child. If you are happy for a reason, you’re in trouble, because that reason can be taken from you.”― Deepak Chopra

En el mundo faltan personas como Emilio Duró. Hola Senior Manager, ¿por qué tan enfadado? ¿Te han bajado las ventas de yogur desnatado un 32% este trimestre? Vaya por dios, ¡qué tragedia! Lo mejor que puedes hacer es suicidarte.

La mayoría de cosas en la vida no importan demasiado. Importan tu familia, tus amigos y tu salud, pero más allá de eso nada importa demasiado.

Para mí la vida es un chiste mal contado. No hay que tener miedo a nada, ni siquiera a la muerte. Dice Taleb que antes el mayor miedo de un hombre era una muerte sin gloria. Hoy el mayor miedo es la muerte a secas.

Quizás el sufrimiento sólo puede existir si nos tomamos demasiado en serio las bromas que los dioses deciden gastarnos de vez en cuando.


Supongo que lo que trato de decir es que no he cambiado mucho, por no decir nada. Y si he cambiado en algo, no tengo muy claro que haya sido hacia mejor.

La vida sigue, amigos, pero si por casualidad algún día encuentro algo de sentido en medio de este caos os lo haré saber. Por eso no os tenéis que preocupar.

Puede que después de todo esto, cuando le ponga el broche final a esta extraña etapa, puede que para entonces me esté esperando el día de mi suerte. Pero también puede que mi suerte siempre haya estado a mi lado y nunca me haya dignado a darle las gracias por su compañía.

“Pronto llegará,

El día de mi suerte

Sé que antes de mi muerte

Seguro que mi suerte cambiará”

— Hector Lavoe (El día de mi suerte)

El rebelde

Algunas personas, como yo, nos preocupa demasiado lo que “los demás” piensen de nosotros. Pero a veces pienso, ¿por qué luchamos tanto contra nosotros mismos?, ¿por qué algunos prefieren tener una vida triste pero que impresione desde fuera que al revés?. David Foster Wallace decía “You will become way less concerned with what other people think of you when you realize how seldom they do.”. Amigo, tú mismo eres tu mayor enemigo.


¿Qué estudio?, ¿Qué me pongo?, ¿Me queda bien este peinado?, ¿Y el piercing qué tal?, ¿Con quién me caso?, ¿A qué trabajo aplico?, ¿Le contesto a la story?. Nos hacemos estas preguntas y seguimos las reglas preestablecidas porque necesitamos validación social, pero en el fondo sabemos que todo es una invención. Hace un par de siglos, nuestra única preocupación era la supervivencia. Hoy vivimos tan cómodos y somos tan conscientes de nuestra existencia que nos hacemos preguntas más complejas como: “¿Qué quiero hacer con mi vida?”, “¿A qué dedico mi tiempo?”, “¿Qué es lo que me hace feliz?”, “¿Qué es la felicidad?”, “¿Prefiero tener una vida feliz o una vida interesante?”.

A pesar del virus, el año 2020 es un año fantástico para estar vivos. De hecho, estamos probablemente en la mejor época de la humanidad. Somos las personas más ricas y sanas que han existido en la tierra. Y de alguna forma u otra, nos han dado el mayor regalo que se puede dar, el regalo de la vida. Pero, «¿qué **** hago con esto ahora?», me pregunto. ¿Ayudar a los demás?, ¿cambiar el mundo?, ¿ser recordado?, ¿ganar dinero?, ¿viajar?, ¿crecer como persona (whatever that means)? La respuesta, al menos para mí, es que no hay respuesta. Y como no hay respuesta, prefiero hacerme otro tipo de preguntas como por ejemplo: ¿puedes vivir en un mundo que no entiendes?, ¿un mundo al que le eres indiferente?, ¿un mundo al que simplemente le das igual?

Abrimos la caja de la vida y nos encontramos que se han olvidado las guías y los tutoriales. No hay video de unboxing, no hay reglas, sólo hay caos, y por eso mismo, muchacho, tienes una oportunidad de oro para hacer lo que te dé la gana.

Pero hacer lo que realmente quieres hacer conlleva mucho valor. Conlleva tanto valor enfrentarse al caos que hay personas, como yo, insisto, que se auto-imponen normas para escapar de la realidad y de esta forma tener la ilusión de no estar tomando decisiones. Mi querido Don Draper lo deja claro desde el tercer capítulo: “People want to be told so badly what to do, that they will listen to anyone”. Por eso creo que el coraje consiste en no volverte loco cuando nadie te define una ruta clara. Y del coraje de tener tus propios valores y tomar tus propias decisiones nace la autenticidad, y con ella la rebeldía.

¿Y que significa para mí la rebeldía? Pues para empezar significa no mentirse a uno mismo. Significa saber controlar tus miedos. Entender que no eres normal, porque lo normal no existe. Significa no sólo aceptar tu imperfección sino venerarla.

El rebelde es el que muestra sus heridas y no aparenta que todo le va bien. Es el que sabe estar solo. Y con esto me refiero a que puede ir solo a cenar, a ver una película en el cine o ir a su bar favorito a tomarse una copa (o cinco) sin más compañía que su soledad. Y lo puede hacer solo porque está en paz consigo mismo y no necesita refugiarse en nadie. Y además, amigos, conoce un pequeño secreto. Sabe que a una persona se la quiere por sus virtudes pero se la ama por sus defectos.

“Why are you trying so hard to fit in when you were born to stand out?” — Ian Wallace

Mi gran batalla

Hay muchos artículos en Internet que hablan sobre el impacto que tiene el estado de ánimo a la hora de superar un cáncer. Todos parecen coincidir. Si el paciente muestra la actitud correcta, las probabilidades de curarse son más altas. Sin embargo, yo no lo me lo acabo de creer.

Creo que todas estas teorías con aires esperanzadores se basan en un optimismo sin fundamento cuyo objetivo es hacerle la vida más llevadera al paciente. No soy del todo reacio, puede que la actitud afecte al sistema inmune, pero desde luego el factor es tan pequeño que lo considero inexistente. ¿Acaso era importante la actitud para los fallecidos por corona virus? ¿Los que se mueren por el virus no tenían la actitud correcta? ¿Y los que se mueren de cáncer?


Últimamente pienso que mi supervivencia depende más de los oncólogos, cirujanos y enfermeros que de mí mismo. No me gusta cuando se dice que alguien «ha perdido la batalla» contra el cáncer. Cuando a alguien le detectan un cáncer terminal hay poco que pueda hacer al respecto para superarlo. Eso no es una batalla. Hay veces que no se puede hacer nada más que mantener la calma ante el caprichoso azar.

Si yo me curo de mi cáncer, no soy yo el que debería de llevarse la medalla ante semejante logro, ya que yo no he hecho nada. Lo único que he aportado ha sido una sonrisa, y las sonrisas no ganan estas batallas.

También he recibido muchos mensajes de apoyo. Estaré eternamente agradecido a todo aquel que se ha preocupado por mí. Algunos me dicen que soy un valiente, pero yo no soy ningún valiente por tener cáncer (lo soy por otras cosas que ahora no vienen a cuento).


Siento que estoy en una batalla, pero no sé contra qué estoy luchando. Quizás la batalla la estoy librando contra la desesperación y en ese duelo solo podré salir victorioso si logro mantener la calma ante toda esta locura. O puede que mi gran batalla consista en no caer en el victimismo, en no utilizar mi circunstancia como excusa, porque eso es muy fácil. A veces demasiado fácil, porque aunque muestre una sonrisa ante todos, hay dolor, hay miedo y hay incertidumbre.

He llegado a sentir impotencia por no poder hacer nada al respecto. Pero por suerte para mí existe esta nueva batalla que me mantiene vivo. La de no venirse abajo. La de apreciar la vida y no darla por supuesta. Nada puede servir de excusa para no apreciarla y no dar amor. Y me refiero al amor de verdad, no a ese amor de “quiero que seas feliz pero sólo si yo contribuyo a tu felicidad”, sino al de “quiero que seas feliz sin que importe nada más”.


Me preguntaron el otro día, “¿cuándo crees que volverá todo a la normalidad?” Con voz de detective de novela negra contesté, “Muñeca, eso a lo que tú llamas normalidad nunca existió.” También me preguntaron si creía en la suerte. A esto último no me acuerdo qué contesté ni con qué voz lo hice.

De hecho, no sé lo que es la suerte exactamente pero sí sé que creo en ella. No desde el punto de vista de un vago que cree que nada depende de él pero sí en el sentido de que los resultados no siempre se pueden controlar. Gran parte de nuestra vida es azar y puede que nuestras acciones no tengan tanta importancia como nos gustaría pensar. A veces me da miedo todo lo que depende del azar.

Por eso creo que me debo centrar en las cosas que sí están bajo mi control y esperar con serenidad a que el destino me reparta un par de ases para no perder todas mis fichas. Y, sobretodo, es importante que me centre en entender mi situación con mucha perspectiva ya que siempre te puede ir peor. Hay gente que lo está pasando bastante peor que yo y, sin embargo, se mantienen fuertes. Si ellos son capaces de aguantar, yo también.

A fin de cuentas, mi vida es muy cómoda. Vivo con mis padres, tengo unos amigos fantásticos y vivo en un país encantador. Detrás de estas fortalezas todo es muy sencillo, y al ser tan sencillo puede que mi gran batalla ni sea grande ni sea batalla.

“I busted a mirror and got seven years of bad luck, but my lawyer thinks he can get me five.” — Steven Wright

Si quedara poco tiempo

En estos días de quedarse en casa he estado pensando en la importancia de no perder el tiempo. En mi caso, estoy intentando hacer deporte para que me salgan por fin los ansiados abdominales. Sin embargo, no acabo de entender porque no quieren salir. Deben estar en cuarentena también.


Tengo la suerte de tener una muy buena relación con mis padres. Nos reímos y cantamos mucho y por la noche solemos ver pelis.

Estamos en el salón e intento convencer a mi madre, que es más de comedias románticas modernas, el porque deberíamos de ver El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962)en vez de «no sé… una de este siglo, o al menos algo de los últimos 50 años, pero no me pongas pelis de antes de que yo naciera». Palabras textuales.

Ya hemos visto unas diez películas clásicas. La única peli contemporánea, que no moderna, que hemos visto ha sido El crack cero (José Luis Garci, 2019). No la puedo recomendar lo suficiente aunque, por sorpresa para mi madre, también es en blanco y negro. Tiene muchas frases memorables pero destaco la siguiente respuesta que le da Johny Olas al detective Areta después de que este último le dijese en tono amistoso que no le quería hacer perder el tiempo. Cito de cabeza:

«Espera un momento, ¿quién te ha dicho a ti que no puedo permitirme perder el tiempo? Yo soy Johny Olas y hago lo que me da la gana. ¿Comprendes?»

Brutal.


Como os decía al principio, en estos tiempos de cuarenta he pensado en la importancia de no perder el tiempo. Mi conclusión es firme, no pasa nada por perder el tiempo. Es más, ¿acaso no es una condena el obligarte a hacer algo? ¿No podemos simplemente no hacer nada? ¿Por qué tenemos la necesidad de siempre estar haciendo algo? ¿Será por qué nos da miedo estar solos con nosotros mismos e intentamos huir de ese encuentro refugiándonos en el trabajo, amigos y hobbies? Me estoy poniendo demasiado filosófico pedante, lo sé y lo siento. Me he calentado. Creo que empieza a pasarme factura esta cuarentena.

También me he llegado a plantear qué diferencias habría entre estar en cuarentena y estar en una cárcel. Tal y como lo veo yo, no cambian muchas cosas, pero tampoco es que me apetezca comprobarlo. Si por cuestiones del azar yo algún día piso la cárcel, probablemente sea por bajarme alguna peli clásica de forma ilegal o por hacer alguna tontería para impresionar a alguna niña en algún país asiático cuyas leyes no se andaran con rodeos. Sin embargo, para los que me conocéis un poco, sabéis que soy la viva definición de lo que se suele llamar «un buen chico». Y los que me conocéis un poco más, pues a ver, entiendo que tengáis vuestras dudas.

Pero volviendo al tema, ¿cuando se es realmente libre? ¿Es simplemente un estado mental? Yo siempre he pensado que la mayoría de limitaciones que tenemos son producto de nuestra mente. Esa cárcel de la que hablas sólo existe en tu cabeza, amigo. Como decía Andy Dufresne en Cadena Perpetua (Frank Darabont, 1994), «Todo se reduce a una simple elección, empeñarse en vivir o empeñarse en morir.»

Mientras escribo esto, me aseguro que esté citando correctamente las pelis. Un escritor novato como yo no se puede permitir cometer el mismo fallo tres veces. Por suerte, la he clavado, está todo bien. ¡Y yo con ganas de domar mi ego en esta cuarentena!


Definitivamente hay muchas preguntas y pocas respuestas. La gente dice que todo saldrá bien, pero es mentira, nadie lo sabe. Yo estoy cómodo con la duda y no necesito que nadie me dé falsas esperanzas. Sería gracioso y a la vez triste que esto fuera el final de nuestro pequeño e insignificante mundo. Pero a la vez, estoy tranquilo porque sé que si quedara poco tiempo haría lo mismo que estoy haciendo ahora. Estaría intentando encontrar mis abdominales y estaría en casa disfrutando con mi familia, que, al fin y al cabo, es a quien más quiero.

«A fit body, a calm mind, a house full of love. These things cannot be bought, they must be earned.» – Naval Ravikant

Los que hablan poco

Una de las cosas de las que más me avergüenzo es lo mucho que me cuesta guardar ciertos secretos. Quizás es porque desde pequeño he tenido la necesidad de impresionar a los demás. Supongo que por eso dicen que si quieres que todo el mundo se entere de algo, tienes que asegurarte de decir que no se puede contar.


Aparte de alguna que otra chica, hay pocas cosas en mi vida adulta que me hayan hecho llorar. Una de esas pocas cosas es la historia de Sir Nicholas Winton. Me emociono cada vez que veo el video. Se trata de un hombre que salvó la vida a seiscientos sesenta y nueve niños durante el holocausto. Su gran hazaña permaneció en secreto durante cincuenta años. Es decir, durante medio siglo se iba a la cama sin necesidad de que nadie le aplaudiera, lo reconociera o incluso le agradeciese por una de las labores más heroicas de la historia de la humanidad.

Pero como la mayoría de secretos, este también sale al descubierto. Por cuestiones del azar, un día su mujer, Greta, encuentra un maletín escondido en casa y se pone a cotillear los papeles que hay dentro. Ahí es donde da con una lista de seiscientos sesenta y nueve niños con sus nombres y apellidos y sus respectivas fotos. Sir Nicholas Winton no tiene más remedio que explicarle a su mujer la gran hazaña que decidió esconder al mundo durante tanto tiempo.

Vivió ciento seis años. Quizás su buena salud se debió a su gran corazón. Siempre he pensado que existe una paz interior fruto de haber obrado bien sin tener la necesidad de decírselo a nadie al día siguiente. Al fin de cuentas, supongo que al único que le debes explicaciones es a ti mismo. Pero todos sabemos que estos secretos donde uno sale bien parado son los más difíciles de guardar, y más cuando la persona a cargo del secreto es tan vanidosa como yo.


Cada vez me fijo más en los hábitos. Quizás nuestra seña de identidad no es ni de dónde venimos, ni a lo que nos dedicamos, ni nuestro número de followers, sino lo que hacemos cada día sin decírselo a nadie. Yo no admiro a una persona por algo que haya hecho en un momento concreto, por muy heroica que haya sido la gesta. Lo que de verdad hace que te obsesiones por una persona es por su constancia, porque te ha demostrado que, cuando llegue la batalla y no haya vuelta atrás, estará a tu lado luchando con una sonrisa. Puedes engañar a la gente un día, incluso dos, pero no la puedes engañar toda la vida.

Somos organismos en constante evolución. Es decir, que si no te mueves, no es que te quedes quieto, sino que vas para atrás. Es por eso que para mi el rico no es el que tiene mucho dinero, sino el que tiene el hábito de gastar menos de lo que gana. El listo no es el que sabe mucho sino el que tiene el hábito de predicar menos de lo que aprende. Y quizás una persona integra se pueda definir como la que, si sus amigos la conociesen mejor, la querrían aún más.

Así que escúchame bien, amigo. En la vida, no eres lo que enseñas, sino lo que ocultas. Por eso tienes que tener especial cuidado con los que hablan poco. Porque mientras tú hablas, ellos te analizan, y cuando ya has mostrado todas tus cartas, ellos ya te han ganado la partida.

Lo verdaderamente complejo

Durante la segunda guerra mundial, Winston Churchillse dirigió a su antiguo regimiento, The 4th Queen’s Own Hussars, para recordarles la importancia de escribir informes breves y directos — “Las palabras cortas son las mejores, y si son cortas y antiguas, son mejores aún”. Tal era la obsesión del British Bulldog por lo sencillo que llegó a escribir una pequeña historia de ochocientas palabras utilizando solamente monosílabos exceptuando únicamente dos palabras: «Winston» y «Churchill».


Me decía un buen amigo que se esperaba algo más tras mi primera entrada, «no has utilizado ninguna palabra compleja» — me decía. Le di la misma respuesta que le dio Hemingway a Faulkner, después de que este último le acusara de no haber utilizado nunca una palabra que hubiese mandado al lector al diccionario. Papa Hem le contestó — «pobre Faulkner, se piensa que las grandes emociones vienen de las grandes palabras.» A día de hoy aún se lo recuerdo a mi amigo.

Hay gente que complica el lenguaje para parecer interesante. Yo siempre he pensado que toda creación debe parecer natural sin que se note el esfuerzo que hay detrás. Si algo es sencillo, es limpio, y si es limpio es bonito. Y eso es lo mas importante para los frívolos que nos arropamos bajo el lema «Sin estética no puede haber ética».

Aún así, parece que el concepto de la sencillez se extiende más allá de la literatura. Johan Cruyff decía que “lo difícil del fútbol es hacerlo fácil”. Coco Chanel presumía de su estilo revolucionario afirmando que “la sencillez es la clave de la elegancia”, rebelándose así contra los vestidos y sombreros ultra-recargados de la época. Y también Albert Einstein aseguraba que había que explicar las complejísimas teorías de la física “de la forma más sencilla posible, pero no más sencillo”. Este último matiz de Einstein parece que no ha acabado de calar en el mundo del arte abstracto. Un claro ejemplo de esto es el plátano pegado a la pared con cinta adhesiva (¿cuándo acabará esta locura?).

Admiro la elegancia con la que algunos aventurados dejan en evidencia esta triste decadencia de valores. Supongo que habrán miles de héroes anónimos luchando contra el posmodernismo, pero mis preferidos son los siguientes tres. El primero es el que puso sus gafas en el suelo en una exposición y en cuestión de minutos había captado la atención de varios visitantes. El segundo es el que llevó un vino de tetrabrik para que lo cataran “los más entendidos” de la enología. Y el tercero es el que trajo un cuadro de IKEA valorado en 10€ y lo colocó en mitad de otra exposición de arte para que, una vez más, “los entendidos” tasaran el precio. La locura llegó a unos niveles imaginables cuando uno de “los entendidos” dijo que “pagar más de 2,5M€ por el cuadro sería demasiado”. Luego, cuando les hacen saber que el reconocido artista sueco “IKE Andrews” no existe y es un nombre inventado a partir de las letras de IKEA, la humillación ya es atroz.


Para mí, el camino más rápido a la sencillez es la brevedad. Por ejemplo, hay libros que tienen una gran idea pero que se puede explicar con detalle en no más de diez páginas. Sin embargo, la necesidad del autor por presentarse como intelectual y su afán desmedido por parecer sofisticado hace que el libro llegue a más de trescientas páginas llenas de complejidad innecesaria. Quizás esa sea la gran diferencia entre los libros que da gusto leer y los libros que da gusto acabar.

Me acuerdo cuando en el colegio nos obligaban a leer los clásicos. Recuerdo haberme leído alguno que otro, no porque fueran obras maestras de la literatura española, sino porque pensaba “seguro que entra en el examen del lunes”. Recuerdo el sufrimiento de intentar acabarme alguno de estos libros antes de la fecha límite. Cuando ya veía claro que no llegaba, decidía abandonarlo y leerme el resumen en El Rincón del Vago. Y siendo del todo sincero, los días que me sentía vago de verdad me hacía amigo de la chica que sí se lo había leído y me acercaba con el pretexto de comparar las conclusiones que habíamos sacado cada uno y, claro, de esta forma nos asegurábamos de que ninguno de los dos había pasado algo importante por alto. “Eso sería fatal” — le decía. En fin, así eran mis intentos desesperados de entender una novela de quinientas páginas en cinco minutos.

Lo gracioso de todo esto es que cuando te haces mayor, sí que te apetece leerlos y los disfrutas de verdad. Y estoy convencido de que los disfruto porque mi interés hacia ellos nace de una curiosidad ingenua que no tiene más aspiraciones que disfrutar de la lectura. Y es que si no te nace de dentro y te tienes que obligar, lo mejor es que dediques tu tiempo a otra cosa.


Está claro que forzar las cosas casi nunca trae nada bueno y que realmente se aprende más cuando las ideas, aunque complejas y llenas de matices, se presentan de forma sencilla. Por eso admiro a los personajes como Churchill que logran mostrar su visión del mundo sin que parezca que se hayan esforzado demasiado. Y eso, al menos para mí, es lo verdaderamente complejo.

— What’s your heart telling you to do?

— I don’t know.

— Well, maybe you’re trying too hard to hear it.

Yo, yo y más yo

Llevo diez minutos hablándoles a los de la oficina que la nueva entrada de mi blog será sobre la gente que sólo habla de sí misma. Esa gente a la que no le importa otra cosa más allá de ellos mismos. Esa gente con la que yo no tengo nada que ver, obviamente.


Es impresionante. No paro de ligar, puede que me presente a la próxima edición de La isla de las tentaciones. Estoy caminando por la calle y veo a una chica encantadora que me mira atentamente con una sonrisa. Definitivamente, esta mañana me he pasado de guapo. Le devuelvo la sonrisa y me saluda — “Hola, me llamo Irene y trabajo en Cruz Roja, ¿tienes un momento?”. Jarrón de agua fría. Con cara de resignación le contesto educadamente — “Sólo faltaría”, no vaya a ser que se piense que no tengo sentimientos. Me pregunta — “¿De dónde eres?”. Respondo con la verdad. “Ahh mira, latino también. Yo soy de Córdoba, Argentina, ¡qué coincidencia!”. Pienso – “ya ves, ¡qué casualidad! ¿Cuál era la probabilidad de encontrarnos justo en este momento? Buah… es que tenemos tantas cosas en común. Tengo miedo a preguntarte si eres Libra, o si tu serie favorita es Mad Men, o si eres más de bombones que de flores, porque de ser así me vería obligado a enamorarme.”

Como de costumbre, me pierdo en mis pensamientos y cuando vuelvo a la conversación ya me está ofreciendo su boli para que apunte en su hoja con qué generosa cantidad voy a contribuir a la causa. Como no me he enterado de absolutamente nada y no sé de qué causa me está hablando, le contesto que mejor me lo envíe todo al mail, ya que de esta forma me lo podré leer todo con mucha más calma. Por suerte, uno de mis propósitos de año nuevo es acordarme del nombre de las personas nuevas que conozco, así que me despido con un personalizado “Muchas gracias, Irene, te digo algo esta semana”, intentando desmarcarme un poco del resto de personas que paran por la calle.

Me llega el mail por la tarde y me lo leo por encima. El proyecto trata sobre ayudar a los vecinos del barrio. Pienso — “Yo no me hablo ni con mi vecina de rellano. Las pocas interacciones que hemos tenido han sido cuando pica a la pared cuando, según ella, estoy haciendo demasiado ruido cantando. A ver, sé que no soy David Bisbal, pero tampoco creo que lo haga tan mal como para picar a la pared”. Por eso y mucho más, no me convence mucho la idea de contribuir a la causa, pero por dentro me remueve un sentimiento de culpa que no me gusta un pelo. ¿Estarán intentando hacerme sentir mal por no ayudar?

El mail acaba con su firma y, ante mi sorpresa, descubro que no se llama Irene, sino una notable variación del mismo nombre que en mi vida había escuchado. Efectivamente, me había desmarcado del resto, pero hacia peor. Le contesto diciendo que ahora mismo no tengo tiempo para involucrarme como me gustaría (mentira). También le digo que quizás algún día me dedique a hacer alguna obra social en la que me pueda dedicar en cuerpo y alma (casi-mentira). Pero pienso — “¿Por qué será que tengo la necesidad de justificarme?¿Porque no le puedo decir que la única cruz en la que yo creo es en la de San Pedro?”.

Procedo a rechazar la invitación y, para asegurarme de que no caiga en la tentación de insistirme, utilizo una táctica sutil pero muy efectiva. Le digo que personalmente me ha caído muy bien y que si algún día quiere quedar para ir a tomar algo “aunque sólo sea para hablar”, añado, estaré encantado. Y por si aún me quedaba alguna duda de si quizás me responde, me despido poniendo el broche de oro al final del mail, “Gracias por todo, Irene”. Enviar. Si no me contesta en una semana le enviaré un kindly reminder, para vanagloriarme de mi triunfo apoteósico.


“Climb mountains not so the world can see you, but so you can see the world.” — David McCullough Jr.

He tenido muchas conversaciones que realmente no son conversaciones. Conversaciones en las que esperas a que el otro acabe de hablar e, independientemente de lo que haya dicho, dices lo que querías decir desde el principio. Y lo que dices suele ser para hablar de ti mismo. Y es que hay veces que nos creemos demasiado importantes (este blog en primera persona es una claro ejemplo). Hablar de uno mismo no es malo, pero sí triste. ¿Hay algo inmoral en eso? En absoluto, pero me he dado cuenta de que soy más feliz cuando intento pensar en los demás. Tampoco os quiero engañar, yo no pienso mucho en los demás, al menos no tanto como me gustaría, pero quizás es que yo tampoco me importo demasiado.

Nuestro amigo, el ego, es necesario para competir en los negocios, sobretodo en el del amor, pero dudo que traiga más alegrías que sufrimiento. Al final, la gente sólo piensa en sus cosas. Y si crees que la gente piensa en ti, a no ser de que seas David Bisbal, eres un tarado mental. Hace muchos siglos, Buda abandonó el yo para alcanzar la iluminación, yo esta noche lo estoy intentando abandonar para poder dormir mis ocho horas reglamentarias. Y siendo del todo sincero, en parte también lo hago para que no me duelan tanto los rechazos. («¿Por qué me habrá dejado en visto? ¿No le gusto?» «Chico, es bastante peor que eso, ni siquiera piensa en ti.»)


Siempre me he intentado convencer de que es importante no mentirse nunca a uno mismo. Y para ello es necesario entender cuándo estoy sufriendo yo y cuándo lo está haciendo mi ego. Pero entonces, ¿por qué quiero que me aplaudan? ¿Por qué me miro sólo a mí cuando hago videollamadas por Skype? ¿Por qué aparento conocimiento que no tengo? ¿Por qué vivo como si todo el mundo se estuviese fijando en mí? ¿Cuán seguro estoy de lo que predico? ¿Reconozco mis errores? ¿En público? ¿Delante de quién duele? Joven, ¿has hecho las paces con tus inseguridades? ¿Sientes ansiedad? ¿Te da miedo lo poco que significas para el mundo? ¿Sientes que te pierdes algo? ¿Por qué coges el móvil cada 5 minutos? ¿Crees que ahí encontrarás lo que estás buscando?

Quizás busco todo esto porque debajo de esta fachada de sentimental, se esconde un tipo frívolo y confundido que se dedica a reírse de la vida al igual que ella se ríe de él. Pero bueno, ya no quiero hablar más sobre mí, así que cuéntame, ¿en qué cruz crees tú?

Nada de eso importa

Dice Bong Joon-Ho que una vez superemos la barrera descubriremos un mundo maravilloso. La barrera a la que se refiere son los subtítulos y el mundo del que habla es el mundo de cine. ¿La película? Parásitos.

Me la han vendido muy bien y le tengo muchas ganas. Convenzo a un amigo para ir a verla a Cines Verdi a las 20:05. Nos sentimos tan invencibles que no nos dejamos intimidar por el diluvio que está cayendo desde las tres de la tarde. Vamos en coche hasta Gracia y tenemos la suerte de poder aparcar relativamente rápido. Digo suerte porque encontrar un sitio para aparcar por Gracia a veces puede ser más difícil que encontrar el amor en una fiesta de Dan Bilzerian. Pero chico, quien no arriesga no gana.

Las entradas para la película no son numeradas, pero nuestra gran hazaña nos permite llegar con bastante antelación y conseguir un buen sitio. Empiezan los créditos iniciales y con ellos llega la primera sorpresa de noche: “WHAT!?¿Qué son esos símbolos? No me creo que me hayas traído a ver una película en coreano” — me reclama mi amigo entre risas.

Hace mucho no me enganchaba tanto una película. No haré spoilers pero sí diré que es una película muy humana. No hay buenos ni malos. No sientes lástima, ni sientes admiración. No los criticas ni tampoco los justificas. Son sólo cuatro miembros de una familia que buscan una forma de ganarse la vida. Salimos del cine y sigue lloviendo (¿cuándo dejará de llover en mis posts?). Me dice mi amigo — “Qué peli más rara”. “A mí también me ha encantado” — le contesto.

Llego a casa y me entero de la segunda sorpresa de la noche, Fallece Kobe Bryant en un accidente de helicóptero a los cuarenta y un años de edad. Me entristece mucho porque, aunque no haya visto ni un sólo partido de Kobe en mi vida, sí que lo había visto hablar varias veces y siempre me ha parecido un muy buen tipo. Leo también que los coronavirus se están propagando cada vez más. Pienso en la fragilidad de la vida y me voy a la cama con mal cuerpo.


Estoy en la revisión con el médico. Me dice que me van a tener que hacer más sesiones del tratamiento antes y después de la cirugía. Me desanimo un poco. Un poco bastante. No me lo esperaba. Probablemente ya me lo había dicho en otra consulta y no me acordaba. El caso es que me había puesto expectativas, y ya sabéis lo que dicen, cuando la realidad es peor que la expectativa, te vienes abajo. Pero nada más salir de la consulta pienso— “¿tan frágil eres que a la mínima que cambia un poco el panorama te afecta tanto?”.

Yo quiero poder adaptarme a cualquier imprevisto. Quiero ser como los estoicos romanos, es decir, tener la paz interior de los budistas pero con las pelotas de los espartanos. Y para eso me debería de dar igual si son cuatro, ocho, veinte o quinientas sesiones. Me tiene que dar igual si después de esto no me curo. Me tiene que dar igual que me cure y que al cabo de unos años me vuelvan a diagnosticar cáncer y tenga que empezar de cero. Me tiene que dar igual que mi empresa quiebre. Me tiene que dar igual que venga un huracán y destruya mi casa llevándose todas mis pertenencias. Me tiene que dar igual que las personas que más admiro en este mundo me digan que no valgo para nada. Me tiene que dar igual, porque al final de todo, sé que el sol volverá a salir.

Pero ojo, que me dé igual el resultado no significa que no me deje la piel luchando. Arrepentirte de no haberlo dado todo puede que sea de los sentimientos más tristes que se puedan experimentar. Lo que tengo claro es que si lucho, lo tengo que hacer con una sonrisa en la cara. Si no me lo paso bien en el camino, nada de esto tiene sentido. El placer de la victoria es demasiado efímero y lo único que permanece es la lucha.

Mis paranoias me devuelven el estado de ánimo. Ya vuelvo a estar motivado. Qué fácil es engañarse. Me subo a la moto con el cuchillo entre los dientes y con dos o tres revoluciones de más para ir a la oficina como quien se dirige a la guerra dispuesto a morir por sus ideales.


Quizás la gracia de todo esto esté en centrarse en el proceso y no en el resultado. Cuando la felicidad depende del resultado, uno es tan frágil como una copa de cristal. Ante cualquier evento inesperado, sea un accidente de tráfico que te deje en silla de ruedas, una muerte de un ser querido o una enfermedad grave, se tuerce el plan y en cuestión de segundos se desmorona todo sin que se pueda hacer nada al respecto.

Así que puede que ir por la vida sin un plan no sea una actitud de vagos, sino más bien de valientes. Puede que los valientes no sean los que lo tienen todo calculado sino los que se adaptan, los que en cada problema ven una oportunidad, los que saben enfrentarse al desastre con la cabeza alta, los que se aferran a la vida (como los parásitos de la película), los que aún sin saber dónde van a dormir esa noche, salen a la calle a comerse el mundo. Los que improvisan, los que no esperan nada, los que se sienten cómodos en mitad del caos, los que no le echan la culpa a nadie si todo su mundo se derrumba delante de sus narices. Y ahora que lo pienso, también puede que sean los más listos porque, como no tienen rumbo, cualquier dirección para ellos es la correcta.

Yo no sé si seré un vago o un valiente. Lo único que sé es que en la vida hay sorpresas como los cánceres, los accidentes de helicóptero o los coronavirus, que son poco probables, pero cuando ocurren, te cambian la vida por completo.

«Ki-woo, ¿sabes cuál es el plan que nunca falla? No tener ningún plan. ¿Sabes por qué? Porque la vida no se puede planificar. Mira a nuestro alrededor. ¿Acaso esta gente planificó que iba a acabar aquí? No. Pero mira ahora. Están durmiendo en el suelo, incluidos nosotros. Por eso la gente no debería hacer planes. Sin un plan, nada puede salir mal. Da igual lo que pase en el futuro. Da igual lo que pase con nuestro país. No importa. Nada de eso importa. ¿Entiendes?»

Mi gremio

Llevo varios meses dándole muchas vueltas y no ha sido una decisión nada fácil. A veces hay que saber aceptar verdades muy duras y remar a contracorriente para luchar por lo que sólo tú crees que es lo correcto. No hay vuelta atrás, la decisión está tomada. Me voy a comprar mi primer traje a medida.


Todo empieza hace un par de días. Estoy buscando una buena sastrería para arreglar dos trajes azul marino. Me los compré hace ya tres años en una tienda de ropa bastante reconocida para mi antiguo trabajo en una consultora, también muy reconocida. El único que no era reconocido en esa ecuación era yo. Pensé que junto al otro traje gris, que me compré para la confirmación, podría formar lo que yo llamaba la gran triada. Como ahora estoy un poco más delgado, los dos azules me quedan un poco grandes, así que tengo dos opciones, engordar o comprarme otro. Hay gente que se compra un traje de verano y otro de invierno. Yo tengo dos de gordo y uno de delgado.

Encuentro una sastrería italiana donde el dueño parece ser simpático, al menos eso es lo que destacaban la mayoría de reviews. Como es un día lluvioso y llevo los dos trajes, decido coger un taxi mientras intento aclararle algunas dudas por teléfono al becario que acabamos de contratar. Vaya, lo que se ha conocido toda la vida como “un hombre de negocios”. Otra versión de la misma historia es que trabajo en una pequeña empresa de tecnología y, al ser precisamente de tecnología, no me veo obligado a ir en traje. Pero creo que siempre es necesario tener al menos uno que te quede bien para las ocasiones importantes como las primeras reuniones con clientes, las bodas de gente cercana o los paseos con el perro de mi hermana (es un perro muy elitista). Entro en la tienda con mis dos trajes en sus respectivas fundas disculpándome por llegar doce minutos tarde a la cita que había reservado previamente. Al sastre, obviamente, no le digo nada de eso que yo soy hombre de negocios muy importante y que mi agenda hoy está abarrotada.

Voy a ponerme los trajes para que el joven sastre de treinta y largos pueda analizar cómo me sientan. Como aquí no sale muy bien parado, ocultaremos su nombre real y lo llamaremos Doménico. “… bueno, ¿cómo lo ves?” — le pregunto. Pone cara de circunstancia mientras busca una respuesta que no me falte al respeto, pero que tampoco falte a la verdad. “A ver, de hombros te queda bien, pero está un poco largo. Y esta manga está mal hecha, ¿te la han arreglado ya antes no?” — me dice. Si con esa cara me ha dicho que me queda un poco largo, es que me queda muy largo. Me pongo el otro y añade — “Este lo veo igual que el otro pero también está un poco desgastado por la parte de atrás, ¿pasas mucho tiempo sentado?”. Contesto a sus preguntas y le digo que los trajes prêt-à-porter no me suelen quedar bien y que por eso esperaba poder arreglarlos. Prosigue Doménico — “A ver, te los puedo arreglar y te quedarán bien, pero no te quedarán perfectos…”. Ayyy, como conoce mi debilidad, como hurga en la herida, como apunta dónde duele.

Resignado, no veo con otra que decirle: “…bueno, ¿y cuánto vale hacerme uno a medida?”. De repente le brillan los ojos. Al final, supongo que a Doménico lo que le gusta es hacer trajes, no arreglarlos. Me empieza a contar que él tiene cuarenta trajes suyos a medida. “Te lo puedes personalizar como quieras. Puedes escoger la tela, la solapa, los bolsillos, incluso el forro interior. Acompáñame por aquí.”. “Mira todos estos forros, tienes algo así a rayas más tradicional o estos estampados de calaveras, ya sabes, para darle un toque más cañero” — añade con una sonrisa. Ahora la cara de circunstancia es la mía. “Además, puedes grabar tus iniciales en el interior del traje. Incluso hay gente que se graba la fecha de su boda”. Sigue— “Lo suyo sería algo moderno, más ajustado para que te dé un toque más fresco. En definitiva, más italiano, que al fin y al cabo es lo que se lleva ahora.”

Ahora sí que ya desconecto completamente. En mi cabeza estoy pensando: “Vamos a ver, para empezar, ¿quién te ha dicho que yo quiero ser moderno? Segundo, ajustado lo único que tengo es el presupuesto. Y tercero, si me compro un traje a medida, tiene que ser de corte británico, por eso de que la elegancia la inventaron ellos.” Algo del estilo del príncipe Carlos, con el que por cierto, tengo muchísimas cosas en común, como que los dos nacimos en día y año par. Pero va el tío y me suelta que porque no me pongo unas calaveras para darle un toque más cañero. Y encima me pregunta que por qué no me caso. ¿Por qué será? Pues porque sería muy incómodo invitar a toda mi familia, gran parte del otro lado del charco, y a todos mis amigos y que me preguntaran ‘Dónde está la familia de ella?’ y tener que decirles ‘No hay familia de ella, porque no hay ella. He venido sólo’.”.

Pero mi cobardía me impide decir nada de eso. Más bien le digo «Es verdad, queda mucho mejor así como dices. Siempre me ha encantado el toque que le dan los italianos. Había pensado alguna vez en el estilo inglés, pero sin duda alguna el mejor es el italiano. Lo de las calaveras me lo pensaré, pero me gusta la idea, puede quedar muy chulo. A parte, yo siempre he sido un tipo bastante cañero jeje».

Definitivamente esta no es mi tienda. Me marcho a casa.


Un traje a medida es un mensaje al mundo, pero para confeccionar una prenda hecha sólo para ti hay que tomar muchas decisiones. ¿Qué tipo de traje me compro?, ¿Qué tela?, ¿Super 100’s, 120’s, 130’s?, ¿Me lo compro cruzado, como los que lleva el príncipe Carlos? También hay que escoger color, bolsillos, ojales, solapa, corte trasero, botones… y por no hablar del pantalón. Necesito que me asesoren, así que empiezo a buscar varias sastrerías hasta que encuentro una que me gusta. Entro a su página y veo que al fundador, un tipo de sesenta años, le han hecho una entrevista de treinta minutos, así que me sumerjo de lleno.

Él se define como camisero. Yo nunca había escuchado esa palabra, pensaba que sólo existía la palabra sastre. De hecho, el editor de texto que utilizo me la subraya en rojo como si se tratase de una falta de ortografía. En la entrevista, noto por encima de todo la pasión con la que habla de su oficio. “Es una satisfacción enorme el aprender cada día”. Su profesión, después de su familia, es lo que más lo llena en la vida. Y yo me pregunto — ¿cómo se puede competir contra alguien que le encanta lo que hace? ¿Qué haces cuando tu competencia es alguien que ha hecho de su oficio una afición? Una persona para la cual trabajar no es una carga sino “un gustazo”. Una persona para la cual una camisa no es una prenda sino una joya.

Luego habla de la escuela de antes, la que se perdió. Allí existían unas pautas muy especificas que te marcaban por donde tenías que ir. Él, que está agremiado, añade orgulloso — «Quedamos cuatro o cinco. Ahora todo el mundo ha hecho lo que le ha dado la gana y nadie se ha preocupado por aprender el oficio de principio a fin. La gente de antes conocía la técnica con todos sus secretos. Ellos  entendían el producto.”

Creo que para vender algo primero hay que persuadir. Y cada vez tengo más claro, que lo que persuade no es el producto, sino la persona. Por otro lado, creo que no se vende hablando, sino escuchando. La primera pregunta que se le debe hacer al cliente es “¿Quién eres?” y la segunda “¿Qué buscas?”. La respuesta puede variar entre dos minutos y tres semanas dependiendo de lo que se vende, pero es una pregunta necesaria y en la mayoría de casos no cuesta nada.

Personalmente, el sastre me ha persuadido, así que me apunto un recordatorio para hacerle una visita esta misma semana. Estoy convencido de que no me dirá directamente lo que necesito, sino que más bien me preguntará cosas como “¿a qué te dedicas?”, “¿lo quieres de invierno o verano?”, “¿es de uso diario o para ocasiones especiales?”, “¿de qué raza es el perro?” o “¿en serio te casas?”. A esto último le contestaré que “el amor no entiende de edades” y acompañaré esa frase con otra broma que aún tengo que pensar.


Admiro a la gente trabajadora que se exige a sí misma el máximo estándar de excelencia. Cuando funde mi gremio estará formado por personas que busquen la belleza. Personas obsesionadas por el buen gusto y que crean que la calidad está en los pequeños detalles. En mi gremio sólo habrán personas que sientan pasión por lo que hacen y que sepan que la perfección viene del amor. Estará formado por personas que quieran hacer las cosas bien, no por el qué dirán sino por una guerra interna que tendrán con ellos mismos y que no les dejará conciliar el sueño por la noche si tienen una mínima duda de que su producto se puede mejorar. Sólo habrán personas creativas que se entreguen en cuerpo y alma a su oficio y que tengan una incansable dedicación que les prohiba rendirse hasta que sientan que lo han dado absolutamente todo.

Creo firmemente que si uno ama lo que hace, se pueden lograr cosas maravillosas. Y pensándolo bien, ¿hay algo que dé más satisfacción que el trabajo bien hecho?

El apartamento

Son casi las dos de la mañana cuando nuestro héroe se dispone a abrir la puerta de su apartamento. Está borracho, algo mojado y sólo le apetece descansar. Sabe que no hay nadie dentro esperándolo y seguramente sea por eso que va borracho.

Viste una gabardina oscura en la que lleva un rato buscando las llaves. Como no las encuentra, pica en casa de su vecina de enfrente, que tiene una copia para días difíciles como este. Está cansado y sabe que no es debido al largo día en el despacho, sino más bien a un vacío inmenso dentro de su alma que lo lleva atormentando desde hace un tiempo ya. Su vecina, una chica encantadora, le entrega las llaves no sin antes preocuparse — «Echas mala cara, ¿estás bien?». Nuestro héroe, lejos de murmurar una sola palabra, asiente cabizbajo intentando disimular su profunda melancolía.

Él y su tristeza vuelven al apartamento, cuelgan la gabardina en el perchero del recibidor, se quitan los zapatos Oxford en mitad del pasillo y se desajustan ligeramente el nudo de la corbata. Ya en el pequeño salón, ponen la playlist de Chet Baker y se acuestan en el sofá Chesterfield burdeos dispuestos a olvidarse del mundo por unos instantes.

Nuestro héroe no vive en este mundo. Es un soñador porque la realidad le entristece. Aunque si os soy sincero, creo que todo le entristece últimamente. Se pasa las noches imaginando que es director de cine negro, compositor de jazz o pintor expresionista. Es impulsivo, sensible y, sobre todas las cosas, es orgulloso. Lo único que realmente le llena es su soledad. Había encontrado en ella un placer tan conciliador que en ocasiones había llegado a dudar si realmente necesitaba a los demás para sentirse a gusto. A veces tiene la sensación de no saber amar y se aburre muy rápido de las chicas con las que decide compartir su vacío existencial. Ah, y es una persona muy orgullosa, aunque eso ya os lo he dicho antes.

Su nueva adquisición es una mesa de centro de nogal macizo. Sobre dicha mesa sigue la botella de whisky que se había acabado hace ya algunas noches. Hay dos vasos Dorothy Thorpe, que no le convencen mucho estéticamente pero que se compró porque tienen el borde de plata y en algún libro leyó que eso le daba un sabor más sofisticado a la bebida. De esto último tampoco está muy convencido. No recuerda por qué hay dos vasos ya que no sabe si compartió la botella con alguien más o si simplemente puso otro vaso adicional para no sentirse tan solo en ese momento. Se siente derruido y ya hay pocas cosas que le den alegría. Las chicas que le hacen caso, al igual que sus vasos de whisky y al igual que su vida en general, no le acaban de convencer. Se pregunta a menudo «¿a quién quiero engañar?».

La tele lleva encendida varios días y están dando El apartamento de Billy Wilder. Debe ser la quinta vez que la ponen esta semana. De tanto verla, nuestro héroe piensa que, al igual que el protagonista de la película, él también se podría sacar un extra semanal alquilando su apartamento por las noches mientras bebe en su bar favorito. También es importante que os comente que es un enamorado de París y que, al lado de su abarrotada estantería esquinera, tiene un cuadro de lienzo con la Torre Eiffel como protagonista, que compró en su última visita a la ciudad hace unos meses. ¿Y qué más? Pues los fogones de su pequeña cocina llevan meses sin funcionar, pero le da bastante igual porque ya casi nunca pasa por casa para cenar, y menos para cocinar. Por lo que sabemos, sólo pasa por casa para beber y para dormir, y para eso no necesita fogones.

Sin embargo, tiene un enorme problema, una necesidad inmensa por sentirse especial. Piensa que quizá es por el miedo al ridículo, pero no sabe si al ridículo de vivir una vida vacía, al ridículo de arriesgarse por un sueño, y ser humillado en el intento, o al ridículo en general. Es un fiel devoto de la belleza y cree que sólo la puede alcanzar mediante autenticidad. Sabe que si realmente se ama algo con verdadera pasión, se puede encontrar la felicidad y olvidar el miedo. No obstante, se pasa los días contando las horas en su despacho mientras cumple sus obligaciones con creces, todo sea dicho, esperando la hora de poder largarse. Y como os digo, le corroe por dentro un afán desmedido por sentirse especial. Y ese anhelo de lo imposible es algo muy peligroso para alguien tan orgulloso como nuestro héroe, pero es lo único que le separa de atentar contra su vida.


— Ayer te dejaste el paraguas en mi casa.

Nuestro héroe se sorprende al escuchar una voz femenina en su apartamento y percatarse de que no está solo. Pero está tan cansado que no es capaz de mover su cuerpo ante la sorpresa. Así que decide vestir su cansancio de indiferencia.

— Ayer dijiste que estabas loco por mí y que querías dejar tu trabajo para escaparte conmigo de esta ciudad. Me dijiste todas esas cosas que me dices cuando vas borracho. Creo que esta vez me las he creído. No sé ni porque he venido la verdad… encima está lloviendo a cántaros y supongo que tú ya te habrás olvidado de todo lo que hablamos.

— ¿Cómo has entrado?

— Tú mismo me diste las llaves, ¿también te has olvidado de eso?

No dice nada y vuelve a mirar la botella de whisky, como si estuviese esperando a que se llenara sola por gracia divina. Él no la veía como una chica más y, mirándole a los ojos, se podría decir que hasta le importaba de verdad, incluso más que sus zapatos Oxford, por los cuales sería capaz de cometer cualquier locura.

— Me estás preocupando — añade ella — Me estás preocupando mucho. No te quiero dar lecciones pero creo que deberías de volver al mundo real de vez en cuando. Vives demasiado en el pasado, ¿me puedes decir, por favor, qué haces viendo una película en blanco y negro?

— Es de Billy Wilder, va sobre un tipo que alquila su apartamento para encuentros amorosos. He pensado que podría hacer algo parecido aquí.

— ¿Cómo vas a alquilar este apartamento? Pero si esto parece una pocilga. Ahora entiendo eso de que no se debe de vivir más de cinco años solo.

— Es una pocilga, sí, pero es una pocilga con mucho trabajo duro detrás. La gente pagaría millones, créeme.

Hay un silencio largo que nuestro héroe aprovecha para cerrar los ojos, porque para él estos silencios no significan nada.


— Te estás ahogando en un vaso de agua. Deja de actuar como si estuvieras sufriendo. Tu orgullo te está nublando el pensamiento.

— Quizás estoy loco.

— No, no estás loco, ya te gustaría, eres simplemente alguien que quiere ser especial. Pero te escondes en sueños imposibles que nunca persigues, porque es la única forma que tienes para sentirte diferente. Por eso te has pasado tres semanas buscando unos vasos de whisky.

— Sólo busco la belleza, muñeca.

— No, sólo buscas sentirte superior al resto. Y no me llames muñeca, te lo tengo dicho.

— ¿Pero qué problema hay?¿Qué pasa si me quiero sentir superior? Es lo que hacemos los hombres, competimos. Sino, ¿cómo crees que se han producido los grandes inventos de la historia? ¿Crees que esas grandes revoluciones son fruto del amor? No, no te engañes, son fruto del orgullo. Y aparte, ¿quién eres tú para darme lecciones? Tú y yo no somos nada. Conocidos como mucho.

— ¿Desde cuándo le das las llaves de tu casa a desconocidas?

— Te sorprenderías.

— ¿Sabes qué creo? Creo que tu ego es tan grande que te ha convertido en un cobarde incapaz de enfrentarse al rechazo. Creo que es por eso que después de cinco años aún no te has atrevido a decirme que me quieres. Porque tienes miedo. Pero yo sé que me quieres. Y yo también te quiero. Y por eso he venido.

Nuestro héroe se la queda mirando sin saber qué decir. Él siempre había sabido que hacer en estas situaciones, pero esta vez se queda inmóvil por unos instantes.

— Vamos a dormir, mañana será otro día.


Ya está amaneciendo y nuestro héroe está fumando un cigarrillo de pie mientras mira por la ventana. No ha pegado ojo en toda la noche ya que sólo puede pensar en ella. Cree que la quiere y se siente con valentía para intentar algo con ella, aunque no sabe bien el qué. No sabe lo que es el amor, pero está a punto de descubrirlo. Esa va a ser su gran revolución. Se gira hacia la cama para ver si ella ya se ha despertado y se da cuenta de que ella ya lleva unos minutos mirándolo, así que le confiesa: «He estado pensando en lo que me dijiste y creo que tienes razón. Debo volver a la realidad. La soledad se está apoderando de mí. He comprado dos vuelos a París. Salen en dos horas. Nos podemos hospedar en el Ritz hasta que se acaben mis ahorros. Espero haber encontrado otro trabajo para entonces.»

Ella esboza una leve sonrisa que acompaña con una lágrima que cae por su mejilla derecha. De la boca de él sale un tienes razón pero al corazón de la chica llega un te quiero. No sabe si mañana seguirá siendo cierto pero, de momento, con esto le basta. Le contesta: «Tampoco hace falta que vayamos a París… ni que nos hospedemos en el Ritz…»

— París siempre hace falta, muñeca. Y París sin Ritz no es París.

Ese no soy yo

Llevo dos multas en menos de un mes. La primera fue por aparcar mal una moto de alquiler. Era un día que salía de casa con muchas prisas y la deje en una zona en la que — supuestamente — estaba prohibido aparcar. Me enteré al día siguiente cuando me llegó un SMS diciéndome que la moto “Jolly” se la había llevado la grúa y que daba la casualidad de que el último conductor había sido yo. “¿Cómo? ¿Yo? ¡Imposible! Debe haber sido un error. A parte, Jolly no me suena para nada”. También me dicen que me dé prisa en recogerla ya que cada minuto en el depósito cuenta.

La segunda fue por aparcar, esta vez mi moto, sin dejar el medio metro de espacio reglamentario en la acera. Es una zona peatonal donde ya la había dejado varias veces y nunca me había pasado nada. Cuando la aparqué estaba llena de motos, y pensé “Aquí es imposible que pase nada. ¿A quién va a molestar mi pobre moto?” Llego al día siguiente por la tarde para ir a tomar algo y me encuentro mi moto totalmente sola, ya que las demás se habían dado a la fuga ante el peligro inminente. ¡Alta traición! Veo un papelito y mi parte más optimista, que coincide con mi parte más ilusa, piensa «no me han dejado una carta de amor desde la ESO. ¿Quién será?» Resulta que mi amante secreta se llama Instituto Municipal de Hacienda, y el titulo no era “Para mi amor platónico, El Halcón”, sino más bien “Notificación de denuncia por infracción de circulación”.


Hace un año y medio que me decidí a montar mi propia empresa. Es una montaña rusa de emociones ya que un día te sientes invencible y al otro día estás llorando desolado sin más compañía que tus facturas. Nunca me ha gustado la idea de trabajar en algo aburrido. Tampoco quiero engañar a nadie, esto no me apasiona, pero me entretiene, y eso para mí no es poco. El primer paso para saber que quieres hacer en tu vida es saber lo que no quieres hacer. Con el tiempo me he dado cuenta de que yo no necesito vivir en una casa con muchos metros cuadrados, ni conducir un coche con muchos caballos, ni ser jefe de no sé cuantas personas. Lo único que necesito es sentirme libre, al menos por ahora. No quiero criticar la corporate ladder, hay mucha gente que disfruta en ese mundo, es sólo que he entendido que yo no formo parte de ese mundo. «Muñeca, ese hombre que tú buscas, ese no soy yo». Dice Nassim Taleb en su libro de heurísticas y aforismos The Bed of Procustes: “You don’t become completely free just by avoiding to be a slave; you also need to avoid becoming a master.”

Hoy es un gran día porque tenemos una reunión con el director general de un reconocido grupo de restauración para vender nuestro producto estrella. Entramos en la sala mi socio y yo. Ya están todos preparados. Se presentan, incluido el jefe. Pienso “llevo tres días leyendo artículos sobre ti. Sé como te llamas, sé cuál es tu restaurante favorito, sé cuales son tus aficiones y sé a que te dedicabas antes de ser restaurador. No creo que haga falta que te presentes.” Finjo no saber nada. Small talk. Presentamos el producto. Hacemos la demo. Funciona. Enseñamos precios. Tiene dudas. Le convencemos. Lo consulta con sus asesores. Parecen interesados. Hace números. Quiere probar el producto él mismo. Hay nervios. Funciona. Sonríe. Nos felicita. Más dudas. Más números. ¿El precio es negociable?. No solemos hacerlo. Pero podemos hacer una excepción. Vuelve a mirar a sus asesores. Lo ven bien. Se decide a probarlo. ¿En uno pequeño? No, mejor en el grande que hay más volumen. Empezamos la semana que viene. Estamos en contacto. Nos damos la mano. Objetivo conseguido.

Salimos de la reunión y como hoy no hace tanto frío, nos sentamos en la terraza de un restaurante a comentar la jugada. “Se han quedado locos.”, “¡Qué cracks somos!”, “Si es que somos los mejores, unas bestias, unas máquinas de hacer dinero.”, “From zero to hero, bro.” son algunas de las mentiras necesarias que nos intercambiamos durante treinta minutos. Como hoy me siento invencible, le suelto “hoy invito yo”. Voy a la barra para pagar, pero también para darme cuenta de una triste realidad. El número robos en la ciudad se dispara, unas bravas y dos aguas: 11,50€.


Estoy volviendo a casa en moto, y cruzo un semáforo con mucho ámbar y poco rojo. Noto un doble destello de luz blanca justo al pasar. ¿Habrá sido un radar o habrá sido mi amante secreta e imaginaria que me ha sorprendido de camino a casa? Crucemos los dedos.

La sala de espera

Hace unos días estuve comiendo con un gran amigo que no veía desde hace años. Puede sonar a tópico, pero pertenece a esa clase de amigos que puedes estar años sin ver y que cuando los ves de nuevo es como si no hubiese pasado el tiempo.

Estuvimos hablando de libros, de trabajo, de la situación política, de la vida y de las trampas que esta nos pone. En fin, todas esas cosas de las que hablan dos grandes amigos que no se ven desde hace tiempo. Él me contaba que hace unos años, tenía un familiar cercano que por su enfermedad había que cuidar y estar pendiente. A pesar de los continuos esfuerzos de mi amigo por querer hacerle compañía, su familiar, aunque agradecido, le decía que no se preocupara tanto por él ya que podía estar sólo durante mucho tiempo con la simple compañía de su librería, su whisky y su tabaco de liar. No quiero imitar a nadie, pero sé que algún día me gustaría tener la entereza que tenía el familiar de mi amigo.


Es lunes por la mañana y estoy en la sala de espera de oncología mirando algunas caras que, junto a mí, aguardan su turno para ser atendidas. Hay de todo, unas muy felices y otras más apagadas. ¿Por qué será? ¿Quizás porque unos tienen un diagnóstico más esperanzador que otros? ¿O será simplemente la forma en que cada uno decide afrontar su problema? Ni idea.

Hay una que destaca. Está sentada justo delante de mí. Se trata de una chica de unos 30 y pocos, sin acompañante, y que irradia una energía contagiosa que acompaña con una sonrisa que, no es bonita, pero es sonrisa. Sin embargo, se la ve muy inquieta y no para de mirar a todos lados. «¿Qué estará pasando por su cabeza?» — me digo — «¿Le hablo? Venga, piensa algo ingenioso pero que no parezca muy forzado. ¿Le suelto un “Cuánta gente, eh”? No no no, a ver… piensa un poco chico que ya no tienes 10 años. ¿Quizás un “Qué frío hace hoy…” y mirarla como quien no quiere la cosa? Hmmm, demasiado típico. ¿Y si voy al grano? “Oye nena, soy El Halcón. Mis colegas me llaman así porque soy sigiloso, pero cuando pico dejo huella”».

Pero por suerte antes de hacer el mayor de los ridículos, llega mi salvación. Aparece un loco corriendo y gritando en no sé qué idioma y pasa por al lado nuestro. «Esta es la mía»— me digo. La chica y yo nos miramos, así que me tiro a la piscina: «¿Y a este qué le pasa?» — le digo. Tengo suerte y se ríe. Empezamos a hablar y le pregunto que por qué estaba tan inquieta. «Ya he acabado el tratamiento así que es mi último día por aquí. Estoy muy feliz porque claro, me he curado, pero echaré de menos a los médicos y a los enfermeros. Aquí todo el mundo es muy amable.» La llaman para que pase a consulta y nos despedimos con un cordial “que vaya muy bien”. Me quedo solo, así que decido ponerle banda sonora al nuevo panorama, abro Spotify y me pongo a buscar “algo animado pero tampoco demasiado alegre”. ¿Don Patricio o Bad Bunny? Don Patricio. ¿Contando lunares o Carita de guiño? Carita de guiño.

Pienso en la felicidad. Pienso que la enfermedad no debe servir como excusa para no ser feliz y que mi felicidad no es un derecho sino una obligación. Leía el otro día: “… ¿ser feliz? ¿Y qué pasa si yo no quiero ser feliz?” — decía uno. “Pues no seas feliz, si eso te hace feliz”. Siento que todo es un juego mental en el que más que la circunstancia, lo importante es la actitud. Decía el sabio Manson sentenciado de por vida a prisión: “See, prison doesn’t begin and end at the gate. Prison is in the mind. Can’t you see I’m free?”

Se acaba la canción y me llaman por mi nombre: “Señor El Halcón, pase a la consulta 9”. ¡Qué sincronización! Guardo los auriculares, me levanto y me dirijo a la consulta pensando: “¿Y tú? ¿Tienes la actitud necesaria para afrontar esto?”. La verdad es que no tengo ni idea, pero me armo con toda la energía que se puede tener un lunes por la mañana y me digo “el médico tiene que alucinar cuando me vea”.


Ya es de noche. Me pongo a hacer lo peor que uno puede hacer antes de irse a dormir, ver un debate político. Sale un tipo hablando del derecho que tenemos las personas a una vivienda digna, a un salario digno y a no sé que otras cosas también dignas. Eso me lleva a pensar sobre qué hace digna a una persona. Quiero dejar claro que aquí intentaré hablar de todo menos de política. Ya se habla demasiado y cada día me siento menos identificado con la ideología que se supone que quiero defender. Además, como ya os podéis imaginar, yo no tengo mucha idea de nada. Sin embargo, el concepto de dignidad tiene algo que me llama la atención.

Me produce mucha tristeza, cuando alguien dice, o peor, piensa sin decir, “pobre tío” o “pobrecita ella” cuando ven a alguien sufrir. Hay gente que confunde sentir empatía o compasión con sentir lástima y en vez de ser cercanos, prefieren ser superiores. Hacen algo mucho peor que faltar al respeto y es faltar a la dignidad. Rechazo el altruismo cuando tiene tintes de lástima pero también cuando el propósito real es compartirlo en público. Mateo 6:3–13 — “Mas cuando tú des limosna, que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha”. Siempre he creído que las donaciones, al igual que la caridad, deberían de ser anónimas.

Quizás la dignidad signifique eso. El honor de haber obrado bien y estar en paz con uno mismo. Pienso que si alguien estuviese buscando lo que es la dignidad, la podría encontrar en personas como el familiar de mi amigo o como aquella chica que esperaba con una sonrisa en la sala de espera de oncología.

Aparta, chaval

Me encanta pasear por ciudades bonitas, ciudades que te maravillan desde el momento en el que pisas su aeropuerto. Estoy hablando de esas ciudades que hacen que te relamas cotilleando en Pinterest los “top 10 must-visit places” con 3 meses de antelación. Esos lugares a los que vas atraído por la belleza y vuelves cautivado por su encanto. Lugares a los que te comprometes volver para que el recuerdo permanezca vivo aunque con cierta resignación aceptas que en el fondo no vas a poder cumplir tu promesa. Te recuerda a cuando le dices a un conocido (bastante pesado) algo así como “…tío, pues a ver si nos vemos un día de estos y nos tomamos un café”. Me encantan esos lugares. Pero esta vez no hablaremos de esos lugares ya que la historia de hoy tiene lugar en un hotel de Malta.

Siempre he pensado que los hoteles son lugares fascinantes repletos de historias de amor y de guerra. En el libro que me estoy leyendo, el autor cuenta la anécdota de dos sicarios rusos que esperan a su próxima víctima delante de su habitación. Asesinato por contrato. Tras una larga espera sin que el susodicho apareciera, uno le dice al otro con tono notoriamente preocupado: “Espero que no le haya pasado nada”.

Estoy cenando en el restaurante del hotel. Tengo las mejores vistas que se pueden tener en un restaurante de hotel, vistas a la barra del bar. Veo a una rubia alta con tacones y tobillos delgados dirigiéndose hacia allí. Lleva un abrigo de lana negro, largo y cruzado que combina con unos labios rojos. El contraste me recuerda a los cuadros de Caravaggio, los cuales tuve la oportunidad de ver esa misma tarde en una exposición dentro de la Concatedral de San Juan en La Valeta. A diferencia del bello pero recargadísimo diseño interior de la catedral, el estilo de la rusa (esas rubias sólo pueden ser rusas) es muy elegante. Es elegante de la única forma que se puede ser elegante: con simplicidad. Cristóbal Balenciaga decía que “la elegancia es eliminación”, parece que esa rusa lo aplica a la perfección. Se sienta en la barra y pide una copa de vino blanco. Me pregunto si estará sola o si de lo contrario, habrá llegado un poco antes a su cita para familiarizarse con el lugar. Vuelvo a integrarme en la conversación de mi mesa poniendo cara de “no me acabo de enamorar”.

Después de un par de risas y ya casi pidiendo la cuenta, vuelvo a mirar hacia la barra para confirmar mis sospechas. No ha venido a beber sola. Él le saca fácilmente 30 años, parece local y hace lo más importante que tiene que hacer en ese momento: Hacerla reir. O al menos, eso es lo que ella quiere que piense. Él, de estatura baja y con una barba completa, cuya misión entiendo que consiste en compensar su calvicie, viste un single-breasted tweed blazer muy parecido a los de la marca maltesa Gagliardi que yo me había probado el día anterior (¿estará viviendo mi vida?).

Llevan hablando un buen rato y se les ve muy a gusto. Pero, como todo en la vida, la escena está a un paso de desmoronarse por completo. Dicho y hecho. Él le suelta, lo que parece ser por la reacción de ella, un comentario “fuera de tono”, lo cual hace que ella se levante, le propine una bofetada y se marche insultando todo lo que encuentra por el camino. “No puede ser” — me digo — “se acaban de cargar la nueva entrada de mi blog”.

Después de este bochornoso episodio, subo a mi habitación pensando en cómo esa situación tan prometedora se ha convertido en algo tan desagradable. Retomo mi libro sobre hoteles para ver si al menos ahí encuentro una historia que sí tenga un final feliz. Tras un par de páginas, lo dejo en la mesita de noche sin haber encontrado lo que buscaba. Y es ahí donde se me ocurre una brillante idea, convertirme en el personaje que estaba buscando. Me pongo mi bañador estampado con un albornoz blanco y me decido a bajar a la piscina interior en busca de mi próxima aventura.

Decepción total. La piscina está llena y sólo hay personas mayores, pero ya que estoy ahí decido meterme al jacuzzi “para aprovechar el viaje” — me autoconvenzo. Hay un tipo dentro disfrutando de su soledad así que decido hacerme al lado opuesto para no molestarle demasiado. “Qué educado soy” — me digo.

Pienso en la buena educación. Para mí la buena educación es tratar a la gente con respeto. Especialmente si es gente con la que no estás obligado a ser simpático (camareros, jardineros, recepcionistas, porteros, …). La buena educación es mirar a la gente a la cara cuando te hablan. Es criticar también a la cara pero alabarla a sus espaldas. Es vestirse bien, y más aún estando en los nuevos años 20, pero de esto es mejor que hablemos en otra ocasión. La buena educación es ponerte en el lugar del otro sin decirle que lo que está viviendo a ti te pasó la semana pasada. La buena educación es decir “gracias” y “por favor”. Me pregunto si aquella dichosa rusa habrá pedido su copa con un “please” o si de lo contrario habrá dicho sólo “white wine”. Me pregunto también qué demonios le habrá dicho el maltés para que ella se sintiera tan ofendida. Con lo fácil que es ser educado habiendo sido colonia inglesa. En fin. La buena educación es no quejarse, es aceptar/rechazar las invitaciones en el momento de recibirlas. El cine clásico está lleno de buena educación y como dice Miguel Milá en su nuevo libro Lo esencial: “lo clásico es aquello que no se puede mejorar”. La buena educación es levantarse antes de dar la mano y, como el diablo, la buena educación también está en los detalles.

El tipo que estaba delante de mí se marcha. “Qué raro” pienso, no le debe de gustar Miguel Milá. Acto seguido, aparece otro tipo bastante más mayor. Y aquí el momento clave: “Excuse me, sir. Would you mind if I join you?” — me pregunta. Le invito a entrar con un gesto amistoso, pero me quedo pensando “¿Y tú vas dando clases de buena educación?”. Humillado, subo otra vez a mi habitación para irme a dormir. Ya estando en la cama me doy cuenta de que ese día yo ni había saludado a los recepcionistas, ni me había aguantado las quejas sobre el frío estremecedor que hacía y que todavía no había rechazado una invitación que tenía pendiente desde hace 3 meses para asistir a una boda. También estoy bastante convencido de que la buena educación es prestar atención a lo que se está hablando en tu cena y no estar cotilleando conversaciones ajenas en la barra del bar. En definitiva, había recibido un “Excuse me, sir” pero realmente me merecía un “Aparta, chaval”.

Sin perder la compostura

Estoy tumbado en el sofá de mi casa cuando me dispongo a abrir por enésima vez los resultados de la colonoscopia. Paciente de 25 años, neoplasia colorrectal. Me acaban de diagnosticar cáncer de colón.

La primera reacción es de shock. Es cierto que había tenido casos de cáncer en la familia. También es cierto que mis hábitos no alardean de ser los más saludables precisamente. Sin embargo, no salgo de mi estupefacción preguntándome cada 2 minutos: “¿Cómo puede ser?”


Pienso que quizás se deba a las dietas raras con las que me gusta experimentar. Atkins, paleo, keto, you name it. Luego, mi curiosidad me lleva a pensar que quizás se pueda deber a mi estilo de vida. Concretamente, al estrés que supone mantener con vida una empresa (la de veces que me habré preguntado si realmente estoy hecho para esto). Cuando ya estoy convencido, me viene a la cabeza la idea de que quizás se pueda deber a factores genéticos, y pocos momentos después de eso, tras ojear en un par foros de muy poca confianza, me seduce la teoría de “algún trauma reprimido en la infancia”. Abatido, me sincero conmigo mismo reconociendo que es misión imposible hacer una análisis suficientemente riguroso para entender a ciencia cierta las causas de mi cáncer. Pero por suerte llego a una conclusión. Todo es incierto.

Así que como buen cínico que soy, me decido a aceptar la incertidumbre como compañera de viaje, rechazando así la falsa necesidad de seguridad. Podría esconderme contándome historias bonitas repletas de mensajes inspiradores que me aseguraran que todo irá bien. Y podría hacerlo una y otra vez hasta olvidar que lo que me cuento son mentiras. Pero prefiero enfrentarme al vacío intentando, como buenamente puedo, ser feliz en un mundo que no entiendo (y que quizás en el fondo no quiera entender). Porque al fin y al cabo, es bien sabido que una vida con garantías no es vida. De hecho ni se le parece.

También me he dado cuenta de que todo el mundo tiene problemas y que probablemente una vida sin problemas también sea una vida vacía (¿será verdad eso de que hemos venido aquí a sufrir?). A veces tengo la sensación de que estas adversidades que se presentan, y que en ocasiones infligen tanto dolor, no son obstáculos en el camino sino acompañantes en el viaje con las que hay que aprender a convivir o como mínimo conseguir que no nos molesten y sean simplemente eso, acompañantes.

Estoy empezando a hacer meditación. El arte de no hacer nada. Lo que he hecho toda la vida pero esta vez con mucho esmero y dedicación. “Antes de combatir el cáncer, primero habrá que aceptar todo lo que pueda pasar, ¿no?” – Me digo – “Mira chico, todo el mundo tiene problemas y la mayoría son bastante más graves que el tuyo. Así que ni te sientas especial ni te vayas a crecer mucho si lo superas, porque esto es lo que siempre ha sido la vida. A veces das y a veces recibes y hay que seguir luchando con el cariño de la gente que quieres”. Mientras escribo esto me doy cuenta de que hablo mucho conmigo mismo y que quizás no estaría del todo mal hacerle una visita al psicólogo de vez en cuando.


¿Qué nos queda? Pues seguir hacia adelante con la mejor de las sonrisas y con la esperanza de que en el futuro todo irá mejor. Seguir sin perder la compostura e intentando convencernos de que, aunque todo sea incierto, está bajo control.

Feliz año.

Procesando…
¡Lo lograste! Ya estás en la lista.