El apartamento

Son casi las dos de la mañana cuando nuestro héroe se dispone a abrir la puerta de su apartamento. Está borracho, algo mojado y sólo le apetece descansar. Sabe que no hay nadie dentro esperándolo y seguramente sea por eso que va borracho.

Viste una gabardina oscura en la que lleva un rato buscando las llaves. Como no las encuentra, pica en casa de su vecina de enfrente, que tiene una copia para días difíciles como este. Está cansado y sabe que no es debido al largo día en el despacho, sino más bien a un vacío inmenso dentro de su alma que lo lleva atormentando desde hace un tiempo ya. Su vecina, una chica encantadora, le entrega las llaves no sin antes preocuparse — «Echas mala cara, ¿estás bien?». Nuestro héroe, lejos de murmurar una sola palabra, asiente cabizbajo intentando disimular su profunda melancolía.

Él y su tristeza vuelven al apartamento, cuelgan la gabardina en el perchero del recibidor, se quitan los zapatos Oxford en mitad del pasillo y se desajustan ligeramente el nudo de la corbata. Ya en el pequeño salón, ponen la playlist de Chet Baker y se acuestan en el sofá Chesterfield burdeos dispuestos a olvidarse del mundo por unos instantes.

Nuestro héroe no vive en este mundo. Es un soñador porque la realidad le entristece. Aunque si os soy sincero, creo que todo le entristece últimamente. Se pasa las noches imaginando que es director de cine negro, compositor de jazz o pintor expresionista. Es impulsivo, sensible y, sobre todas las cosas, es orgulloso. Lo único que realmente le llena es su soledad. Había encontrado en ella un placer tan conciliador que en ocasiones había llegado a dudar si realmente necesitaba a los demás para sentirse a gusto. A veces tiene la sensación de no saber amar y se aburre muy rápido de las chicas con las que decide compartir su vacío existencial. Ah, y es una persona muy orgullosa, aunque eso ya os lo he dicho antes.

Su nueva adquisición es una mesa de centro de nogal macizo. Sobre dicha mesa sigue la botella de whisky que se había acabado hace ya algunas noches. Hay dos vasos Dorothy Thorpe, que no le convencen mucho estéticamente pero que se compró porque tienen el borde de plata y en algún libro leyó que eso le daba un sabor más sofisticado a la bebida. De esto último tampoco está muy convencido. No recuerda por qué hay dos vasos ya que no sabe si compartió la botella con alguien más o si simplemente puso otro vaso adicional para no sentirse tan solo en ese momento. Se siente derruido y ya hay pocas cosas que le den alegría. Las chicas que le hacen caso, al igual que sus vasos de whisky y al igual que su vida en general, no le acaban de convencer. Se pregunta a menudo «¿a quién quiero engañar?».

La tele lleva encendida varios días y están dando El apartamento de Billy Wilder. Debe ser la quinta vez que la ponen esta semana. De tanto verla, nuestro héroe piensa que, al igual que el protagonista de la película, él también se podría sacar un extra semanal alquilando su apartamento por las noches mientras bebe en su bar favorito. También es importante que os comente que es un enamorado de París y que, al lado de su abarrotada estantería esquinera, tiene un cuadro de lienzo con la Torre Eiffel como protagonista, que compró en su última visita a la ciudad hace unos meses. ¿Y qué más? Pues los fogones de su pequeña cocina llevan meses sin funcionar, pero le da bastante igual porque ya casi nunca pasa por casa para cenar, y menos para cocinar. Por lo que sabemos, sólo pasa por casa para beber y para dormir, y para eso no necesita fogones.

Sin embargo, tiene un enorme problema, una necesidad inmensa por sentirse especial. Piensa que quizá es por el miedo al ridículo, pero no sabe si al ridículo de vivir una vida vacía, al ridículo de arriesgarse por un sueño, y ser humillado en el intento, o al ridículo en general. Es un fiel devoto de la belleza y cree que sólo la puede alcanzar mediante autenticidad. Sabe que si realmente se ama algo con verdadera pasión, se puede encontrar la felicidad y olvidar el miedo. No obstante, se pasa los días contando las horas en su despacho mientras cumple sus obligaciones con creces, todo sea dicho, esperando la hora de poder largarse. Y como os digo, le corroe por dentro un afán desmedido por sentirse especial. Y ese anhelo de lo imposible es algo muy peligroso para alguien tan orgulloso como nuestro héroe, pero es lo único que le separa de atentar contra su vida.


— Ayer te dejaste el paraguas en mi casa.

Nuestro héroe se sorprende al escuchar una voz femenina en su apartamento y percatarse de que no está solo. Pero está tan cansado que no es capaz de mover su cuerpo ante la sorpresa. Así que decide vestir su cansancio de indiferencia.

— Ayer dijiste que estabas loco por mí y que querías dejar tu trabajo para escaparte conmigo de esta ciudad. Me dijiste todas esas cosas que me dices cuando vas borracho. Creo que esta vez me las he creído. No sé ni porque he venido la verdad… encima está lloviendo a cántaros y supongo que tú ya te habrás olvidado de todo lo que hablamos.

— ¿Cómo has entrado?

— Tú mismo me diste las llaves, ¿también te has olvidado de eso?

No dice nada y vuelve a mirar la botella de whisky, como si estuviese esperando a que se llenara sola por gracia divina. Él no la veía como una chica más y, mirándole a los ojos, se podría decir que hasta le importaba de verdad, incluso más que sus zapatos Oxford, por los cuales sería capaz de cometer cualquier locura.

— Me estás preocupando — añade ella — Me estás preocupando mucho. No te quiero dar lecciones pero creo que deberías de volver al mundo real de vez en cuando. Vives demasiado en el pasado, ¿me puedes decir, por favor, qué haces viendo una película en blanco y negro?

— Es de Billy Wilder, va sobre un tipo que alquila su apartamento para encuentros amorosos. He pensado que podría hacer algo parecido aquí.

— ¿Cómo vas a alquilar este apartamento? Pero si esto parece una pocilga. Ahora entiendo eso de que no se debe de vivir más de cinco años solo.

— Es una pocilga, sí, pero es una pocilga con mucho trabajo duro detrás. La gente pagaría millones, créeme.

Hay un silencio largo que nuestro héroe aprovecha para cerrar los ojos, porque para él estos silencios no significan nada.


— Te estás ahogando en un vaso de agua. Deja de actuar como si estuvieras sufriendo. Tu orgullo te está nublando el pensamiento.

— Quizás estoy loco.

— No, no estás loco, ya te gustaría, eres simplemente alguien que quiere ser especial. Pero te escondes en sueños imposibles que nunca persigues, porque es la única forma que tienes para sentirte diferente. Por eso te has pasado tres semanas buscando unos vasos de whisky.

— Sólo busco la belleza, muñeca.

— No, sólo buscas sentirte superior al resto. Y no me llames muñeca, te lo tengo dicho.

— ¿Pero qué problema hay?¿Qué pasa si me quiero sentir superior? Es lo que hacemos los hombres, competimos. Sino, ¿cómo crees que se han producido los grandes inventos de la historia? ¿Crees que esas grandes revoluciones son fruto del amor? No, no te engañes, son fruto del orgullo. Y aparte, ¿quién eres tú para darme lecciones? Tú y yo no somos nada. Conocidos como mucho.

— ¿Desde cuándo le das las llaves de tu casa a desconocidas?

— Te sorprenderías.

— ¿Sabes qué creo? Creo que tu ego es tan grande que te ha convertido en un cobarde incapaz de enfrentarse al rechazo. Creo que es por eso que después de cinco años aún no te has atrevido a decirme que me quieres. Porque tienes miedo. Pero yo sé que me quieres. Y yo también te quiero. Y por eso he venido.

Nuestro héroe se la queda mirando sin saber qué decir. Él siempre había sabido que hacer en estas situaciones, pero esta vez se queda inmóvil por unos instantes.

— Vamos a dormir, mañana será otro día.


Ya está amaneciendo y nuestro héroe está fumando un cigarrillo de pie mientras mira por la ventana. No ha pegado ojo en toda la noche ya que sólo puede pensar en ella. Cree que la quiere y se siente con valentía para intentar algo con ella, aunque no sabe bien el qué. No sabe lo que es el amor, pero está a punto de descubrirlo. Esa va a ser su gran revolución. Se gira hacia la cama para ver si ella ya se ha despertado y se da cuenta de que ella ya lleva unos minutos mirándolo, así que le confiesa: «He estado pensando en lo que me dijiste y creo que tienes razón. Debo volver a la realidad. La soledad se está apoderando de mí. He comprado dos vuelos a París. Salen en dos horas. Nos podemos hospedar en el Ritz hasta que se acaben mis ahorros. Espero haber encontrado otro trabajo para entonces.»

Ella esboza una leve sonrisa que acompaña con una lágrima que cae por su mejilla derecha. De la boca de él sale un tienes razón pero al corazón de la chica llega un te quiero. No sabe si mañana seguirá siendo cierto pero, de momento, con esto le basta. Le contesta: «Tampoco hace falta que vayamos a París… ni que nos hospedemos en el Ritz…»

— París siempre hace falta, muñeca. Y París sin Ritz no es París.

Aparta, chaval

Me encanta pasear por ciudades bonitas, ciudades que te maravillan desde el momento en el que pisas su aeropuerto. Estoy hablando de esas ciudades que hacen que te relamas cotilleando en Pinterest los “top 10 must-visit places” con 3 meses de antelación. Esos lugares a los que vas atraído por la belleza y vuelves cautivado por su encanto. Lugares a los que te comprometes volver para que el recuerdo permanezca vivo aunque con cierta resignación aceptas que en el fondo no vas a poder cumplir tu promesa. Te recuerda a cuando le dices a un conocido (bastante pesado) algo así como “…tío, pues a ver si nos vemos un día de estos y nos tomamos un café”. Me encantan esos lugares. Pero esta vez no hablaremos de esos lugares ya que la historia de hoy tiene lugar en un hotel de Malta.

Siempre he pensado que los hoteles son lugares fascinantes repletos de historias de amor y de guerra. En el libro que me estoy leyendo, el autor cuenta la anécdota de dos sicarios rusos que esperan a su próxima víctima delante de su habitación. Asesinato por contrato. Tras una larga espera sin que el susodicho apareciera, uno le dice al otro con tono notoriamente preocupado: “Espero que no le haya pasado nada”.

Estoy cenando en el restaurante del hotel. Tengo las mejores vistas que se pueden tener en un restaurante de hotel, vistas a la barra del bar. Veo a una rubia alta con tacones y tobillos delgados dirigiéndose hacia allí. Lleva un abrigo de lana negro, largo y cruzado que combina con unos labios rojos. El contraste me recuerda a los cuadros de Caravaggio, los cuales tuve la oportunidad de ver esa misma tarde en una exposición dentro de la Concatedral de San Juan en La Valeta. A diferencia del bello pero recargadísimo diseño interior de la catedral, el estilo de la rusa (esas rubias sólo pueden ser rusas) es muy elegante. Es elegante de la única forma que se puede ser elegante: con simplicidad. Cristóbal Balenciaga decía que “la elegancia es eliminación”, parece que esa rusa lo aplica a la perfección. Se sienta en la barra y pide una copa de vino blanco. Me pregunto si estará sola o si de lo contrario, habrá llegado un poco antes a su cita para familiarizarse con el lugar. Vuelvo a integrarme en la conversación de mi mesa poniendo cara de “no me acabo de enamorar”.

Después de un par de risas y ya casi pidiendo la cuenta, vuelvo a mirar hacia la barra para confirmar mis sospechas. No ha venido a beber sola. Él le saca fácilmente 30 años, parece local y hace lo más importante que tiene que hacer en ese momento: Hacerla reir. O al menos, eso es lo que ella quiere que piense. Él, de estatura baja y con una barba completa, cuya misión entiendo que consiste en compensar su calvicie, viste un single-breasted tweed blazer muy parecido a los de la marca maltesa Gagliardi que yo me había probado el día anterior (¿estará viviendo mi vida?).

Llevan hablando un buen rato y se les ve muy a gusto. Pero, como todo en la vida, la escena está a un paso de desmoronarse por completo. Dicho y hecho. Él le suelta, lo que parece ser por la reacción de ella, un comentario “fuera de tono”, lo cual hace que ella se levante, le propine una bofetada y se marche insultando todo lo que encuentra por el camino. “No puede ser” — me digo — “se acaban de cargar la nueva entrada de mi blog”.

Después de este bochornoso episodio, subo a mi habitación pensando en cómo esa situación tan prometedora se ha convertido en algo tan desagradable. Retomo mi libro sobre hoteles para ver si al menos ahí encuentro una historia que sí tenga un final feliz. Tras un par de páginas, lo dejo en la mesita de noche sin haber encontrado lo que buscaba. Y es ahí donde se me ocurre una brillante idea, convertirme en el personaje que estaba buscando. Me pongo mi bañador estampado con un albornoz blanco y me decido a bajar a la piscina interior en busca de mi próxima aventura.

Decepción total. La piscina está llena y sólo hay personas mayores, pero ya que estoy ahí decido meterme al jacuzzi “para aprovechar el viaje” — me autoconvenzo. Hay un tipo dentro disfrutando de su soledad así que decido hacerme al lado opuesto para no molestarle demasiado. “Qué educado soy” — me digo.

Pienso en la buena educación. Para mí la buena educación es tratar a la gente con respeto. Especialmente si es gente con la que no estás obligado a ser simpático (camareros, jardineros, recepcionistas, porteros, …). La buena educación es mirar a la gente a la cara cuando te hablan. Es criticar también a la cara pero alabarla a sus espaldas. Es vestirse bien, y más aún estando en los nuevos años 20, pero de esto es mejor que hablemos en otra ocasión. La buena educación es ponerte en el lugar del otro sin decirle que lo que está viviendo a ti te pasó la semana pasada. La buena educación es decir “gracias” y “por favor”. Me pregunto si aquella dichosa rusa habrá pedido su copa con un “please” o si de lo contrario habrá dicho sólo “white wine”. Me pregunto también qué demonios le habrá dicho el maltés para que ella se sintiera tan ofendida. Con lo fácil que es ser educado habiendo sido colonia inglesa. En fin. La buena educación es no quejarse, es aceptar/rechazar las invitaciones en el momento de recibirlas. El cine clásico está lleno de buena educación y como dice Miguel Milá en su nuevo libro Lo esencial: “lo clásico es aquello que no se puede mejorar”. La buena educación es levantarse antes de dar la mano y, como el diablo, la buena educación también está en los detalles.

El tipo que estaba delante de mí se marcha. “Qué raro” pienso, no le debe de gustar Miguel Milá. Acto seguido, aparece otro tipo bastante más mayor. Y aquí el momento clave: “Excuse me, sir. Would you mind if I join you?” — me pregunta. Le invito a entrar con un gesto amistoso, pero me quedo pensando “¿Y tú vas dando clases de buena educación?”. Humillado, subo otra vez a mi habitación para irme a dormir. Ya estando en la cama me doy cuenta de que ese día yo ni había saludado a los recepcionistas, ni me había aguantado las quejas sobre el frío estremecedor que hacía y que todavía no había rechazado una invitación que tenía pendiente desde hace 3 meses para asistir a una boda. También estoy bastante convencido de que la buena educación es prestar atención a lo que se está hablando en tu cena y no estar cotilleando conversaciones ajenas en la barra del bar. En definitiva, había recibido un “Excuse me, sir” pero realmente me merecía un “Aparta, chaval”.