El rebelde

Algunas personas, como yo, nos preocupa demasiado lo que “los demás” piensen de nosotros. Pero a veces pienso, ¿por qué luchamos tanto contra nosotros mismos?, ¿por qué algunos prefieren tener una vida triste pero que impresione desde fuera que al revés?. David Foster Wallace decía “You will become way less concerned with what other people think of you when you realize how seldom they do.”. Amigo, tú mismo eres tu mayor enemigo.


¿Qué estudio?, ¿Qué me pongo?, ¿Me queda bien este peinado?, ¿Y el piercing qué tal?, ¿Con quién me caso?, ¿A qué trabajo aplico?, ¿Le contesto a la story?. Nos hacemos estas preguntas y seguimos las reglas preestablecidas porque necesitamos validación social, pero en el fondo sabemos que todo es una invención. Hace un par de siglos, nuestra única preocupación era la supervivencia. Hoy vivimos tan cómodos y somos tan conscientes de nuestra existencia que nos hacemos preguntas más complejas como: “¿Qué quiero hacer con mi vida?”, “¿A qué dedico mi tiempo?”, “¿Qué es lo que me hace feliz?”, “¿Qué es la felicidad?”, “¿Prefiero tener una vida feliz o una vida interesante?”.

A pesar del virus, el año 2020 es un año fantástico para estar vivos. De hecho, estamos probablemente en la mejor época de la humanidad. Somos las personas más ricas y sanas que han existido en la tierra. Y de alguna forma u otra, nos han dado el mayor regalo que se puede dar, el regalo de la vida. Pero, «¿qué **** hago con esto ahora?», me pregunto. ¿Ayudar a los demás?, ¿cambiar el mundo?, ¿ser recordado?, ¿ganar dinero?, ¿viajar?, ¿crecer como persona (whatever that means)? La respuesta, al menos para mí, es que no hay respuesta. Y como no hay respuesta, prefiero hacerme otro tipo de preguntas como por ejemplo: ¿puedes vivir en un mundo que no entiendes?, ¿un mundo al que le eres indiferente?, ¿un mundo al que simplemente le das igual?

Abrimos la caja de la vida y nos encontramos que se han olvidado las guías y los tutoriales. No hay video de unboxing, no hay reglas, sólo hay caos, y por eso mismo, muchacho, tienes una oportunidad de oro para hacer lo que te dé la gana.

Pero hacer lo que realmente quieres hacer conlleva mucho valor. Conlleva tanto valor enfrentarse al caos que hay personas, como yo, insisto, que se auto-imponen normas para escapar de la realidad y de esta forma tener la ilusión de no estar tomando decisiones. Mi querido Don Draper lo deja claro desde el tercer capítulo: “People want to be told so badly what to do, that they will listen to anyone”. Por eso creo que el coraje consiste en no volverte loco cuando nadie te define una ruta clara. Y del coraje de tener tus propios valores y tomar tus propias decisiones nace la autenticidad, y con ella la rebeldía.

¿Y que significa para mí la rebeldía? Pues para empezar significa no mentirse a uno mismo. Significa saber controlar tus miedos. Entender que no eres normal, porque lo normal no existe. Significa no sólo aceptar tu imperfección sino venerarla.

El rebelde es el que muestra sus heridas y no aparenta que todo le va bien. Es el que sabe estar solo. Y con esto me refiero a que puede ir solo a cenar, a ver una película en el cine o ir a su bar favorito a tomarse una copa (o cinco) sin más compañía que su soledad. Y lo puede hacer solo porque está en paz consigo mismo y no necesita refugiarse en nadie. Y además, amigos, conoce un pequeño secreto. Sabe que a una persona se la quiere por sus virtudes pero se la ama por sus defectos.

“Why are you trying so hard to fit in when you were born to stand out?” — Ian Wallace

Ese no soy yo

Llevo dos multas en menos de un mes. La primera fue por aparcar mal una moto de alquiler. Era un día que salía de casa con muchas prisas y la deje en una zona en la que — supuestamente — estaba prohibido aparcar. Me enteré al día siguiente cuando me llegó un SMS diciéndome que la moto “Jolly” se la había llevado la grúa y que daba la casualidad de que el último conductor había sido yo. “¿Cómo? ¿Yo? ¡Imposible! Debe haber sido un error. A parte, Jolly no me suena para nada”. También me dicen que me dé prisa en recogerla ya que cada minuto en el depósito cuenta.

La segunda fue por aparcar, esta vez mi moto, sin dejar el medio metro de espacio reglamentario en la acera. Es una zona peatonal donde ya la había dejado varias veces y nunca me había pasado nada. Cuando la aparqué estaba llena de motos, y pensé “Aquí es imposible que pase nada. ¿A quién va a molestar mi pobre moto?” Llego al día siguiente por la tarde para ir a tomar algo y me encuentro mi moto totalmente sola, ya que las demás se habían dado a la fuga ante el peligro inminente. ¡Alta traición! Veo un papelito y mi parte más optimista, que coincide con mi parte más ilusa, piensa «no me han dejado una carta de amor desde la ESO. ¿Quién será?» Resulta que mi amante secreta se llama Instituto Municipal de Hacienda, y el titulo no era “Para mi amor platónico, El Halcón”, sino más bien “Notificación de denuncia por infracción de circulación”.


Hace un año y medio que me decidí a montar mi propia empresa. Es una montaña rusa de emociones ya que un día te sientes invencible y al otro día estás llorando desolado sin más compañía que tus facturas. Nunca me ha gustado la idea de trabajar en algo aburrido. Tampoco quiero engañar a nadie, esto no me apasiona, pero me entretiene, y eso para mí no es poco. El primer paso para saber que quieres hacer en tu vida es saber lo que no quieres hacer. Con el tiempo me he dado cuenta de que yo no necesito vivir en una casa con muchos metros cuadrados, ni conducir un coche con muchos caballos, ni ser jefe de no sé cuantas personas. Lo único que necesito es sentirme libre, al menos por ahora. No quiero criticar la corporate ladder, hay mucha gente que disfruta en ese mundo, es sólo que he entendido que yo no formo parte de ese mundo. «Muñeca, ese hombre que tú buscas, ese no soy yo». Dice Nassim Taleb en su libro de heurísticas y aforismos The Bed of Procustes: “You don’t become completely free just by avoiding to be a slave; you also need to avoid becoming a master.”

Hoy es un gran día porque tenemos una reunión con el director general de un reconocido grupo de restauración para vender nuestro producto estrella. Entramos en la sala mi socio y yo. Ya están todos preparados. Se presentan, incluido el jefe. Pienso “llevo tres días leyendo artículos sobre ti. Sé como te llamas, sé cuál es tu restaurante favorito, sé cuales son tus aficiones y sé a que te dedicabas antes de ser restaurador. No creo que haga falta que te presentes.” Finjo no saber nada. Small talk. Presentamos el producto. Hacemos la demo. Funciona. Enseñamos precios. Tiene dudas. Le convencemos. Lo consulta con sus asesores. Parecen interesados. Hace números. Quiere probar el producto él mismo. Hay nervios. Funciona. Sonríe. Nos felicita. Más dudas. Más números. ¿El precio es negociable?. No solemos hacerlo. Pero podemos hacer una excepción. Vuelve a mirar a sus asesores. Lo ven bien. Se decide a probarlo. ¿En uno pequeño? No, mejor en el grande que hay más volumen. Empezamos la semana que viene. Estamos en contacto. Nos damos la mano. Objetivo conseguido.

Salimos de la reunión y como hoy no hace tanto frío, nos sentamos en la terraza de un restaurante a comentar la jugada. “Se han quedado locos.”, “¡Qué cracks somos!”, “Si es que somos los mejores, unas bestias, unas máquinas de hacer dinero.”, “From zero to hero, bro.” son algunas de las mentiras necesarias que nos intercambiamos durante treinta minutos. Como hoy me siento invencible, le suelto “hoy invito yo”. Voy a la barra para pagar, pero también para darme cuenta de una triste realidad. El número robos en la ciudad se dispara, unas bravas y dos aguas: 11,50€.


Estoy volviendo a casa en moto, y cruzo un semáforo con mucho ámbar y poco rojo. Noto un doble destello de luz blanca justo al pasar. ¿Habrá sido un radar o habrá sido mi amante secreta e imaginaria que me ha sorprendido de camino a casa? Crucemos los dedos.